10. LA SALVACIÓN DE NUESTRA ALMA

2ª etapa de la salvación: 

la salvación de nuestra alma


Esta es la etapa más larga y compleja. Imposible mencionar siquiera todo lo que está implicado en ella. Sólo podemos apuntar aquí los asuntos principales para poder tener un vislumbre de los desafíos de la vida cristiana.

Es un hecho enseñado por la Escritura que el alma del creyente no es salva automáticamente cuando cree en el Señor, sino que todavía debe ser ganada para el Señor. El Espíritu Santo, dirigiéndose a los ya creyentes, dice:

“Por vuestra perseverancia ganaréis vuestras almas(Lc 21:19); “Pero el que persevere hasta el fin será salvo (Mt 24:13).

“Por lo tanto, desechando toda suciedad y la maldad que sobreabunda, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas (Stg 1:21).

“A él le amáis, sin haberle visto. En él creéis; y aunque no lo veáis ahora, creyendo en él os alegráis con gozo inefable y glorioso, obteniendo así el fin de vuestra fe, la salvación de vuestras almas (1Pe 1:8).

Ante este hecho podemos comprender a qué se refiere la Escritura cuando nos enseña que debemos ‘trabajar’ en nuestra salvación: se refiere no a la salvación inicial, que es por la sola fe, sino a la salvación de nuestra alma:

“…ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, para cumplir su buena voluntad” (Flp 2:12-13. Ver también Rm 2:6-7; 1Tes 5:9; 1Tim 2:15; 4:16; 2Pe 1:5-11).

Pero ¿en qué sentido debemos hacer algo por nuestra salvación, si Cristo ya lo hizo todo?

Apropiarnos, por la fe, de todas las provisiones de la salvación y aplicarlas a nuestro diario vivir.

Como hemos visto, el Pecado y nuestra carne pecaminosa (el viejo hombre) han sido realmente crucificados en Cristo, y Satanás y sus huestes vencidos. Pero eso no quiere decir que ya no están presentes en la vida y la experiencia del creyente. La salvación inicial no los ha quitado de su experiencia.

Por un lado, toda nuestra salvación ya fue lograda por Cristo, por otro lado, la obra del Espíritu Santo ahora consiste en aplicarla efectivamente a toda la vida del creyente, con la cooperación necesaria de este. Una cosa es la salvación ‘objetiva’ lograda por Cristo en la cruz, perfecta y completa; y otra cosa es la ‘experiencia subjetiva’ de esa salvación.

Conforme enseña la Escritura, aunque el que ha creído en Cristo ha recibido todas esas bendiciones de la salvación inicial, la salvación de su alma depende de que aplique progresivamente a su alma, a toda su vida, los logros de Cristo en la cruz y su victoria sobre todos nuestros enemigos, por el poder del Espíritu que mora en él.

Esa es la misión y la obra principal del Espíritu Santo: revelar a Cristo y su Obra redentora en todas sus riquezas, y aplicarlos a la vida del creyente.

"Porque en él (el Evangelio) la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Pero el justo vivirá por la fe" (Romanos 1:17).

La fe es necesaria tanto para recibir la salvación inicial como para el diario vivir, pues por medio de ella todo lo que es de Cristo pasa a nosotros por el poder y la obra de su Espíritu.

Con el nuevo nacimiento nuestro espíritu muerto es "re-generado" (nace de nuevo, vuelve a vivir) y habitado por el Espíritu del Señor Jesús. Este es el punto de partida imprescindible de la vida cristiana. Ahora la salvación debe extenderse desde allí progresivamente al resto de nuestro ser. En esta etapa es necesario permitir que Jesucristo, que por el Espíritu Santo habita en el espíritu del creyente, también conquiste, sane, restaure, libere, renueve, transforme y llene nuestra alma:

  • la parte mental: pensamientos, conceptos, recuerdos, uso de la imaginación..; 
  • la parte emotiva: sentimientos, preferencias, afectos, deseos..;  
  • y la parte volitiva: intenciones, propósitos, motivaciones, decisiones, modo de vivir..;  
  • incluso nuestro cuerpo mortal está llamado a ser alcanzado por el poder purificador, sanador y vivificador del Espíritu de Jesucristo.

A este proceso lo llama también la Escritura "la santificación": Dios es un Dios santo, puro, apartado de todo mal, y quiere apartarnos para Sí mismo y hacernos participar de su santidad. Apartarnos y purificarnos de toda la corrupción y maldad del Pecado, de Satanás y del mundo maligno, y saturar de Sí mismo todo nuestro ser:

"Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (...) Apartaos de toda apariencia de mal. Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; que todo vuestro ser: espíritu, como alma y cuerpo, sea guardado sin mancha en la venida de nuestro Señor Jesucristo" (1ª carta a los tesalonicenses 4:3; 5:22-23).

 


Conocer y experimentar a Cristo como nuestro sanador y libertador.

Cuando Jesús inició su ministerio público presentó su misión como el cumplimiento de una profecía mesiánica del profeta Isaías:

"El Espíritu del Señor Yhaveh está sobre mí, porque me ha ungido Yhaveh. Me ha enviado para anunciar buenas nuevas a los pobres, para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y a los prisioneros apertura de la cárcel..." (Isaías 61:1; Evangelio según Lucas 4:16-21).

Los autores de los evangelios resumían de vez en cuando el trabajo de Jesús así:

"Su fama corrió por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían males: los que padecían diversas enfermedades y dolores, los endemoniados, los lunáticos y los paralíticos. Y él los sanó" (Mateo 4:24).

Y el apóstol Pedro lo resumía más tarde de este modo:

"Vosotros sabéis el mensaje que ha sido divulgado por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, y a cómo Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder. El anduvo haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (Hechos de los Apóstoles 10:37-38).

Y Jesús encargó a Su Iglesia proseguir este ministerio en Su Nombre y en el poder de Su Espíritu.

Cuando el Señor nos rescata del dominio de las tinieblas nos encuentra a la mayoría de nosotros en un estado lamentable debido al tiempo que hemos vivido bajo la esclavitud del Pecado, de Satanás y sus demonios. Necesitamos pasar por las manos de nuestro Médico celestial para ser sanados, liberados y restaurados, y estar en condiciones de poder servirle:

"Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo. Ha levantado para nosotros un cuerno de salvación (un Salvador poderoso)... Salvación de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos aborrecen... para concedernos que, una vez rescatados de las manos de los enemigos, le sirvamos sin temor, en santidad y en justicia delante de él todos nuestros días" (Evangelio según Lucas 1:68-75).

Nuestra alma es como un vaso para ser llenada por Dios, y que su gracia y su vida fluyan hacia este mundo necesitado. Pero si el vaso está "ocupado", manchado o agrietado, toda provisión de Dios no encontrará lugar, o será obstruida o contaminada, o sencillamente se escurrirá y se perderá por los resquicios de nuestras heridas y ataduras malignas sin tratar.

Ser sanados de dolencias corporales y/o espirituales, de quebrantos del corazón o heridas del alma, y ser liberados de herencias malignas, de maldiciones, de influencias de espíritus malignos, son preciosas y necesarias bendiciones para comenzar con buen pie la carrera cristiana:

"(El Señor) sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas" (Salmo 147:3).

"Oh Señor, tú rompiste mis cadenas!" (Salmo 116:16).

Y en este punto, como en toda la vida cristiana, la Palabra de Dios y de Cristo ocupa un lugar central:

"Hijo mío, pon atención a mis palabras; inclina tu oído a mis dichos. No se aparten de tus ojos; guárdalos en medio de tu corazón. Porque ellos son vida a los que los hallan, y medicina para todo su cuerpo" (Libro de Proverbios 4:20-22).

"Por tanto, Jesús decía a los judíos que habían creído en él: —Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Evangelio según Juan 8:31-32).

 

La transformación por la renovación de la mente. Porque la salvación de nuestra alma comienza por nuestra mente, la cual es un campo de batalla:

"...porque cual es su pensamiento en su mente, tal es él..." (Libro de Proverbios 23:7).

El alma del creyente ha estado mucho tiempo controlada por Satanás. Ha vivido mucho tiempo con una mentalidad configurada por los engaños y mentiras de Satanás y sus demonios, por su sistema mundano maligno, y por la práctica (esclavitud) del pecado; todo lo cual ha dado más y más poder a la muerte sobre su alma y su cuerpo.

"En cuanto a vosotros, estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, conforme a la corriente de este mundo y al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia. En otro tiempo todos nosotros vivimos entre ellos en las pasiones de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de la mente; y por naturaleza éramos hijos de ira, como los demás" (Carta a los efesios 2:1-3).

"... en otro tiempo estabais apartados y erais enemigos por tener la mente ocupada en las malas obras..." (Carta a los colosenses 1:21).

Por eso necesitamos permitir que la Palabra de Dios y de Cristo renueve toda nuestra manera de pensar:

"No os con-forméis a este mundo; más bien, sed trans-formados por la renovación de vuestra mente, de modo que comprobéis cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta" (Romanos 12:2).

"...porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas. Destruimos los argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios; llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo" (2ª Carta a los corintios 10:4-5).

"Pero nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha dado por Su gracia, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, interpretando lo espiritual con palabras espirituales. Pero el hombre almático (centrado y dominado por su alma) no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son necedad, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el hombre espiritual (el que es guiado por el Espíritu) juzga todas las cosas; pero él no es juzgado por nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo" (1ª carta a los corintios 2:12-16).

La mente del creyente no debe conformarse a este sistema mundano maligno, sino renovar su manera de pensar, por medio de la Palabra de Dios, para que tener la mente de Cristo, y ser así trans-formado (cambiar de forma).

“Con respecto a vuestra antigua manera de vivir, despojaos del viejo hombre que está viciado por los deseos engañosos; pero renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre que ha sido creado a semejanza de Dios en justicia y santidad de verdad” (Ef 4:22-24).

La Palabra de Dios, las enseñanzas de Jesucristo, registradas en la Biblia, son una Palabra viva, poderosa y eficaz para salvar nuestra alma, restaurarnos, y hacernos crecer hacia la madurez:

“Por lo tanto, desechando toda suciedad y la maldad que sobreabunda, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas (en griego: "psijé")” (Santiago 1:21).

 

Aplicar la cruz a nuestra 'carne' (la vieja naturaleza caída), con sus pasiones y deseos desordenados, y al Pecado.

Como hijos de Adán, aunque seamos salvos seguimos llevando dentro de nosotros día y noche, todos los días de nuestra vida en esta tierra, un enemigo formidable: nuestra propia naturaleza caída y pecaminosa habitada por el Pecado. El ‘cuerpo de pecado', el 'viejo hombre' todavía está presente, todavía es posible pecar y hacerse esclavo del pecado, todavía es posible ‘andar en la carne’... Y puesto que "la paga del pecado es muerte", somos advertidos:

"Porque los que viven conforme a la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque poner la mente en la carne es muerte, pero poner la mente en el Espíritu es vida y paz. Pues la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede. Así que, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (...) Así que, hermanos, somos deudores, pero no a la carne para que vivamos conforme a la carne. Porque si vivís conforme a la carne, habéis de morir..." (Romanos 8:5-8. 13a).

Contra este enemigo el creyente debe aplicar el poder de la cruz a su viejo hombre como enseña el Espíritu por la Palabra:

"...porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos" (Carta a los gálatas 5:24).

¿Pero cómo se hace esto en la práctica?

1) "sabiendo": "Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? ¿Ignoráis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Pues, por el bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque así como hemos sido injertados con él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la semejanza de su resurrección. Y sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto ha sido justificado del pecado" (Romanos 6:1-7).

2) "considerándose": "Así también vosotros, considerad que estáis muertos para el pecado, pero que estáis vivos para Dios en Cristo Jesús" (Romanos 6:11).

3) "presentándose": "No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus malos deseos. Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado, como instrumentos de injusticia; sino más bien presentaos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia" (Romanos 6:12-13).

4) "bajo la gracia": "Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros, ya que no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia" (Romanos 6:14).

Porque si tratamos de cumplir la Ley de Dios con nuestras fuerzas, fracasaremos. El secreto de la victoria está en "recibir la abundancia de la gracia y el don de la justicia por medio de Jesucristo" (Romanos 5:17) y "andar en el Espíritu", dejándose guiar por Él, para disfrutar de "la Ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús que nos libra de la ley del pecado y de la muerte" (Romanos 8:1-2; Gálatas 5:16-25):

"...pero si por el Espíritu hacéis morir las prácticas de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Romanos 8: 13b-14)

Vencer a Satanás y sus huestes aplicando la victoria de Cristo. El discípulo de Jesús debe aprender que está involucrado en una "guerra espiritual", contra adversarios "espirituales", librada con "armas espirituales".

Antes de ser salva la persona no podía percibir este conflicto espiritual que se está librando entre el Reino de Dios y el reino de Satanás, porque estaba cautiva bajo el dominio de las tinieblas, cegada por Satanás. Pero al ser trasladada por Jesucristo desde ese dominio tenebroso a su propio Reino, el discípulo va a comenzar a percibir y experimentar la realidad de esta guerra y la oposición de Satanás a Cristo y todos los suyos.

"Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar. Resistid al tal, estando firmes en la fe, sabiendo que los mismos sufrimientos se van cumpliendo entre vuestros hermanos en todo el mundo. Y cuando hayáis padecido por un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, quien os ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, él mismo os restaurará, os afirmará, os fortalecerá y os establecerá" (1ª carta de Pedro 5:8-10).

Cuando el creyente nuevo es bautizado en el Espíritu, comienza a despertar al mundo espiritual y las cosas de Dios. Pero también va a descubrir que existe un mundo espiritual maligno, y que necesita aprender a luchar contra él y a usar las armas espirituales de la luz:

"Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis hacer frente a las intrigas del diablo; porque nuestra lucha no es contra sangre ni carne, sino contra principados, contra autoridades, contra los gobernantes de estas tinieblas, contra espíritus de maldad en los lugares celestiales. Por esta causa, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haberlo logrado todo, quedar firmes. Permaneced, pues, firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, vestidos con la coraza de justicia y calzados vuestros pies con la preparación para proclamar el evangelio de paz. Y sobre todo, armaos con el escudo de la fe con que podréis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Tomad también el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios, orando en todo tiempo en el Espíritu con toda oración y ruego, vigilando con toda perseverancia y ruego por todos los santos" (Carta a los efesios 6:10-18).

"Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas" (2ª carta a los corintios 10:3-4).

Y así como Jesús dedicó gran parte a expulsar demonios y liberar a todos aquellos que se acercaban a Él con fe, sus discípulos son equipados con la autoridad de su Nombre y el poder de su Espíritu para proseguir ese ministerio:

"Los setenta volvieron con gozo, diciendo: —Señor, ¡aun los demonios se nos sujetan en tu nombre! El les dijo: —Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí, os doy autoridad de pisar serpientes, escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo; y nada os dañará" (Evangelio según Lucas 10:17-19).

Allá donde el Reino de los Cielos se hace presente, el reino de las tinieblas debe retroceder, y el Señor Jesús ha querido contar con sus discípulos para esta apasionante empresa.


Poner la cruz entre el mundo maligno y nosotros, y santificarnos: apartarnos de él para Dios.

Como hemos mencionado, con la Caída "el mundo" se volvió en un Sistema hostil a Dios, a todo lo de Dios, a la vida misma.., bajo el dominio de Satanás, "el príncipe de este mundo". Es el sistema mundial satánico: el 'orden' conforme al cual está configurado este mundo bajo su poder. Sistemas políticos y económicos, sistemas de trabajo y consumo, religiones, ideologías y filosofías, culturas y modas, ciencia y tecnología, medios de comunicación, formas de ocio y distracción, multimedia... son realidades ‘secuestradas’ o promovidas por "el dios de este mundo" y trenzadas por él como una sutil red para tener cautiva a la gente, para estimular nuestra naturaleza pecaminosa, y distraernos y mantenernos ocuparnos, ya sea en cosas "buenas" o en cosas vanas, con el fin de alejarnos de Dios y su propósito.

Ese sistema satánico, representado por las autoridades judías (la religión) y por los romanos (el poder político), crucificó al Autor de la vida. En la cruz fue expuesta la maldad de este sistema deicida y homicida, que también odia a los seguidores de Jesús... Por eso un discípulo de Jesús debe amar a todos los hombres y llevarles la luz de Cristo, pero no puede amar el sistema mundo ni tener amistad con él:

"Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero ya no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo; por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: ’El siervo no es mayor que su señor.’ Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Pero todo esto os harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió" (Evangelio según Juan 15:18-21).

"No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él; porque todo lo que hay en el mundo -los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida- no proviene del Padre sino del mundo. Y el mundo está pasando, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1ª carta de Juan 2:15).

"Pedís, y no recibís; porque pedís mal, para gastarlo en vuestros placeres. ¡Gente adúltera! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, cualquiera que quiere ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios ¿O suponéis que en vano dice la Escritura: El Espíritu que él hizo morar en nosotros nos anhela celosamente?" (Santiago 4:3-5).

Por tanto, respecto del mundo, el discípulo también debe aprender a aplicar la cruz. Puesto que todavía estamos en el mundo, necesitamos usar de él, pero como no somos de él, necesitamos usarlo con sabiduría y prudencia, sin entregarle nuestro corazón, separándonos (santificándonos) de todo mal:

"Pero lejos esté de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien el mundo me ha sido crucificado a mí y yo al mundo" (Carta a los gálatas 6:14).

"Pero os digo esto, hermanos, que el tiempo se ha acortado. En cuanto al tiempo que queda, los que tienen esposas sean como si no las tuvieran; os que lloran, como si no lloraran; los que se alegran, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; y los que disfrutan de este mundo, como si no disfrutaran de él. Porque el orden presente de este mundo está pasando" (1ª carta a los corintios 7:20-31).

"Porque todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1ª carta de Juan 5:4-5).

La fe nos une orgánicamente con Jesús, de modo que su Vida en nosotros nos capacita para vencer el poderoso sistema mundano satánico.


Renunciar a nuestra vida independiente y aprender a ser guiados por el Espíritu de Cristo. 

Es un hecho enseñado por la Escritura que el alma del creyente no es salva automáticamente cuando cree en Jesús, sino que todavía debe ser "ganada" para el Señor:

"Entonces Jesús dijo a sus discípulos: —Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida (griego: "psijé") la perderá, y el que pierda su vida ("psijé") por causa de mí la hallará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre si gana el mundo entero y pierde su alma ("psijé")? ¿O qué dará el hombre en rescate por su alma ("psijé")?" (Evangelio según Mateo 16:24-26).

El Espíritu Santo dice, dirigiéndose a los ya discípulos:

“Por vuestra perseverancia ganaréis vuestras almas ("psijé")” (Lc 21:19).

Como hemos visto anteriormente, la palabra griega "psijé" (de donde viene 'psique', 'psíquico', 'psicología'...) significa indistintamente "vida" o "alma". Y es nuestro "Yo", nuestro "Ego", nuestro "sí mismo", nuestra alma, la vida del alma.

De manera que Jesús nos muestra el modo paradójico como nuestra alma se salva: perdiéndose a sí misma, negándose a sí misma, negándose a vivir por y para sí misma, para vivir por la Vida de Cristo, siguiendo su Espíritu.

Hemos visto que nuestros primeros padres, en lugar de "comer del árbol de la vida", es decir, en lugar de recibir la Vida divina como vida propia para vivir por medio de ella, escogieron "comer del árbol del conocimiento del bien y del mal", es decir, escogieron vivir independientes de Dios, por sus propios recursos, poniéndose a sí mismos como el centro, llenándose de sí mismos en lugar de llenarse de Dios.

La consecuencia fue la muerte, que comenzó por el espíritu, el órgano que nos capacita para percibir a Dios y relacionarnos con Él. Así el alma humana perdió el norte (la dirección del espíritu en comunión con Dios), y se hinchó, se llenó de sí misma convirtiéndose en un Ego que sólo vive para sí mismo. Al mismo tiempo, quedó esclavizada a las pasiones y deseos del cuerpo desestructurados y desquiciados.

Ahora, una vez "regenerado" el espíritu del creyente con la Vida divina por el Espíritu de Jesucristo que viene a morar en él, el creyente recupera la comunicación vital con Dios, y dispone de todas las provisiones espirituales necesarias para seguir "comiendo del fruto del árbol de la vida": aprender a negar su vida independiente y comenzar a vivir por el poder de la Vida de Cristo que mora en su espíritu, dejándose guiar por Su Espíritu en todo su vivir. A esto se refiere Jesús cuando dice:

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame"

¡En eso consiste ser un discípulo o seguidor de Cristo! Y es así como ganará su alma y recibirá como recompensa participar con Cristo en el Reino milenial: sólo aquel que ha puesto su vida bajo el gobierno de Cristo, será digno de entrar en el Reino venidero para reinar con Él. De lo contrario, "será echado fuera, donde es el llanto y el rechinar de dientes", como una disciplina purificadora, para que los hijos de Dios "no sean condenados con el mundo (2)". Enseguida veremos esto más despacio.


La conformación a Cristo. Porque el objetivo, la meta última y gloriosa a la que se dirige todo este proceso de la "trans-formación" (cambio de forma) de nuestra alma, es ser "con-formados" a la imagen de Cristo, el Hijo de Dios, que es el Hombre perfecto conforme al Propósito original de Dios:

"Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza..." (Génesis 1:26).

"Él (Cristo) es la imagen del Dios invisible..." (Carta a los colosenses 1:19); “el resplandor de su gloria” y “su expresión exacta” (Carta a los hebreos 1:3).

"Sabemos que a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo; a fin de que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó" (Romanos 8:29-30).

Tener la mente de Cristo; tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús; escoger libremente hacer Su voluntad y vivir por Él y para Él, de la misma manera que Jesús escogió siempre hacer la voluntad del Padre y vivir por Él y para Él. ¡Esa es la meta!

Porque recordemos cómo fuimos diseñados y para qué.

Fuimos diseñados con una naturaleza de recipiente, dispuesta para ser llenada. Dios nos creó para ser contenido y expresado por nosotros. Dios es el Contenido que da sentido al recipiente que es el Ser Humano, y realiza su destino. Aceptar esto, reconociéndose 'criatura', es la humildad. ¡Y el principio de la sabiduría!

El 'Pecado' consiste en rebelarse contra este diseño y propósito divino, y pretender convertirse en contenido de sí mismo: una naturaleza de recipiente pretendiendo ser el contenido de sí misma. Esto es el orgullo. En ese intento la naturaleza humana ha quedado desfigurada, frustrada, vacía... devino un engendro monstruoso (si pudiéramos verlo con los ojos de Dios... ¡en eso consiste el arrepentimiento o conversión: vernos con los ojos de Dios!). En realidad, detrás de cada pecado late esta locura de auto-inventarse al margen del propósito divino, colocándose en el lugar de Dios, en-diosándose.

¡Esto es el mal!, y el origen de todos los males, cuyo destino final es la muerte como frustración eterna del propio ser, separado para siempre del Dios por quien y para quien fue creado. Por eso nuestra vieja naturaleza debe morir; por eso Dios la puso en Cristo y la crucificó en la cruz.

En cambio Jesús realizó la naturaleza humana conforme al diseño y la voluntad de Dios: vino enviado por el Padre, no por su propia cuenta; en nombre del Padre, no en su propio nombre (Jn 5:43); vino a hacer la voluntad del Padre, no la suya propia (Jn 4:34; 6:38; Lc 22:42); no hizo nada por cuenta propia, sino las obras que el Padre le dio para cumplirlas (Jn 5:19.36); no vivió por sí mismo, sino por el Padre (Jn 6:57); su doctrina no era de Él, sino del Padre (Jn 7:16), no hablaba por cuenta propia, sino lo que había oído de parte del Padre (Jn 8:26.28); siempre hizo lo que agradaba al Padre (Jn 8:29); no buscó su gloria, sino la del Padre (Jn 8:49-50).

Jesús es "EL HIJO", cuya naturaleza consiste en RECIBIRLO TODO DEL PADRE, su ser entero está constituido por el Padre, por eso lo expresa perfectamente:

"Si me habéis conocido a mí, también conoceréis a mi Padre... El que me ha visto a mí, ha visto al Padre... Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo, sino que EL PADRE QUE MORA EN MÍ hace sus obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí" (Jn 14:7-11).

El Padre era y es el contenido de Jesús:

"...en Él (en Jesucristo) habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad" (Col 2:9).

Ahora Jesús quiere transmitirnos su naturaleza 'filial':

"Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios" (Jn 1:12).

Jesús desea que nos nutramos de Él (por la fe), que es el Árbol de la Vida, para constituirnos y saturarnos y ser nuestro contenido, y que así podamos expresarle:

"El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, de la misma manera el que me come también vivirá por mí" (Jn 6: 56-57).

El propósito de la salvación no es otro que restaurar al Ser Humano a su original y glorioso destino: contener y expresar a Dios.

"Si alguno me ama -dice Jesús-, mi palabra guardará (a modo de recipiente). Y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Juan 14:23).


Los valores y el estilo de vida propio del Reino de Dios. Cuando el creyente se deja guiar por el Espíritu de Jesucristo que mora en él, comenzará progresivamente a manifestar en todas las áreas de su vida la naturaleza y el carácter de la Vida de Cristo.

La justicia de Cristo, es decir, su manera de vivir 'ajustada' a la Voluntad de Dios, pasa a ser la justicia del cristiano.

"Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, atestiguada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe/fidelidad de Jesucristo, para todos los que creen..." (Romanos 3:21-22, conforme al texto griego).

En realidad Cristo mismo, que es la justicia y la santidad personificadas, pasa a ser la justicia y la santidad del cristiano (3).

Todo lo que Cristo es y todo lo que logró en su perfecta humanidad, pasa al cristiano por obra del Espíritu Santo; está a su disposición por medio de la fe, para que con la ayuda del Espíritu se lo vaya apropiando progresivamente en su experiencia.

Un discípulo va a reconocer en Jesús a su Maestro, enviado por Dios para enseñar la verdad acerca de todas las cosas, y buscará la palabra del Maestro para conducirse en todos los aspectos de su vida:

"Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. El que tiene mis mandamientos y los guarda, él es quien me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él" (Evangelio según Juan 14:15.21).

"El que dice: "Yo le conozco" y no guarda sus mandamientos es mentiroso, y la verdad no está en él. Pero en el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios ha sido perfeccionado. Por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él debe andar como él anduvo" (1ª carta de Juan 2:4-6).

En el llamado 'Sermón del Monte' (Mateo 5-7), Jesús expone la Carta Magna del Reino de Dios. Es uno de los lugares de la Escritura donde se describen los rasgos de la vida 'cristiana' en el Reino de Dios, que son los rasgos de Cristo mismo aplicados a las diversas áreas de la vida humana: la pobreza en espíritu (dependencia de Dios), la mansedumbre, la aflicción y el hambre y la sed hasta que la justicia se imponga en nuestra vida y en esta tierra, la misericordia, la limpieza/pureza de corazón, reconciliar y hacer la paz, padecer persecución por causa de la justicia y el nombre de Jesús; el testimonio colectivo de la comunidad de discípulos al mundo como una sociedad alternativa; no dañar al prójimo; honrar el matrimonio entre el varón y la mujer en fidelidad hasta la muerte; no jurar (hablar siempre la verdad); no vengarse, no responder al mal con el mal, sino con el bien, amando a los enemigos, haciéndoles el bien, orando por ellos; no practicar la justicia y nuestra religión para que nos alaben, sino de corazón, dando para las necesidades del prójimo, ayunando y orando al Padre en lo secreto; sin acumular bienes ni poner nuestro corazón en el dinero, sin preocuparse por el futuro, sino confiando en Dios y buscando prioritariamente que Él reine; no juzgar con hipocresía a los demás; pedir y buscar a Dios con confianza; hacer por el prójimo lo que queremos que los demás hagan con nosotros; esforzarse por entrar por esta puerta estrecha y avanzar por este camino angosto, que lleva a la vida; discernir por sus frutos a los que dicen venir en nombre de Dios, pero son lobos rapaces... En resumen: no seguir a Jesús sólo de boquilla, sino haciendo la voluntad de Dios.

La Vida divina sembrada por el Espíritu de Jesucristo en el creyente lo capacita para la vida del Reino de Dios, reproduciendo el carácter de Cristo, en lo cual está la bienaventuranza, la felicidad.

Un discípulo buscará en la Palabra de Dios todas las manifestaciones de esta Vida; buscará aprender de su enseñanza y su ejemplo para practicarlo. Y esto no como una mera imitación externa: ser cristiano es permitir que Cristo manifieste su vivir en nuestra propia vida:

“Con Cristo he sido juntamente crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe/fidelidad del Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Carta a los gálatas 2:20).

"Porque para mí el vivir es Cristo..." (Carta a los filipenses 1:21).

Y es en la medida que vamos siendo conformados a Cristo, y que seguimos sus mandamientos, que nuestras relaciones van siendo sanadas y restauradas.

 

Santificar (apartar para Dios) nuestro cuerpo mortal y apropiarnos del poder vivificante de Dios.

Como hemos visto, con la Caída nuestro cuerpo quedó desestructurado: los instintos y apetitos naturales con que el Creador lo dotó se desordenaron, tendiendo a desviarse de la finalidad para la que fueron puestos, convirtiéndose en impulsos pecaminosos que inclinan el alma humana al pecado: son "la bajas pasiones", los malos deseos o "concupiscencias".

El cuerpo del Hombre fue hecho esclavo del Pecado y la Muerte y envenenado por su corrupción. La Escritura lo llama "cuerpo de pecado y de muerte", dice que "está muerto por el pecado" (4), por tanto:

"...esto digo, hermanos, que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredar la incorrupción" (1ª carta a los corintios 15:50).

Pero hay esperanza para nuestro cuerpo, porque la salvación de Dios es integral, como vamos a ver en la tercera etapa de la salvación. Y mientras dure nuestra peregrinación por este mundo debemos "santificar" nuestro cuerpo, purificarlo y separarlo de todo mal para Dios.

Debemos consagrar todo nuestro ser al Señor, presentándole nuestro cuerpo y nuestros miembros como instrumentos de justicia, como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; no obedeciendo sus malos deseos de modo que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal, sino poniéndolo bajo disciplina (5) teniendo dominio sobre el propio ‘vaso’ “en santificación y honor, no con bajas pasiones, como los gentiles que no conocen a Dios" (6):

"Huid de la inmoralidad sexual. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo, pero el fornicario peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Pues habéis sido comprados por precio. Por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo" (1ª carta a los corintios 6:18-20).

Por último, también podemos aprender a apropiarnos por la fe del poder de la resurrección con que el Padre puede vivificar nuestros cuerpos mortales mediante el Espíritu que mora en nosotros, para que podamos servirle por medio del cuerpo:

"Pero si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo está muerto a causa del pecado, no obstante el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también vivificará a vuestros cuerpos mortales mediante su Espíritu que mora en vosotros" (Romanos 8:10-11).


La salvación del alma, la disciplina divina y el Reino. Es necesario comprender la relación entre estas cosas.

Por un lado, pues, nacimos de nuevo en un momento cuando creímos, pero por otro lado:

“Es preciso que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hch 14:22),

“... siempre debemos dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo sobremanera y abunda el amor de cada uno para con los demás; tanto que nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios, a causa de vuestra perseverancia y fe en todas vuestras persecuciones y aflicciones que estáis soportando. Esto da muestra evidente del justo juicio de Dios, para que seáis tenidos por dignos del reino de Dios, por el cual también estáis padeciendo (2Tes 1:3-59),

“... por eso, hermanos, procurad aun con mayor empeño hacer firme vuestro llamamiento y elección, porque haciendo estas cosas no tropezaréis jamás. Pues de esta manera os será otorgada amplia entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2Pe 1:10-11).

Multitud de pasajes como los anteriores nos muestran que la salvación del alma y la entrada en el reino mesiánico (el Milenio) como recompensa están ligadas. Cuando Cristo vuelva, las naciones serán juzgadas en 'el juicio de las naciones' (Mt 25:31-46), pero antes, los creyentes, en el ‘Tribunal de Cristo’, para determinar disciplinas, recompensas y la posición en el Reino, “porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o malo” (2Cor 5:10).

Sobre la base de la gracia, el creyente tiene ahora una responsabilidad por la salvación de su alma, y si falla, sufrirá pérdida. No la pérdida de todo lo que recibió por la fe en su salvación inicial, pero sí una pérdida disciplinaria, temporal, más o menos grave según el caso: “Porque el Señor disciplina al que ama y castiga a todo el que recibe como hijo (…) Él nos disciplina para bien, a fin de que participemos de su santidad… Al momento, ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que por medio de ella han sido ejercitados… Mirad bien que ninguno deje de alcanzar la gracia de Dios” (Hebreos 12:4-15).

El mundo protestante, por reacción al catolicismo, ha descartado algunos elementos de verdad yéndose al otro extremo, como es el caso de la disciplina divina para salvación del alma. La doctrina católica del ‘purgatorio’ está desenfocada y carece del entendimiento bíblico acerca de todo lo que hemos expuesto acerca de la salvación inicial y del tribunal de Cristo en el Milenio, pero responde a ‘algo’ que sí enseña la Escritura: que Dios disciplina a sus hijos, incluso en la era venidera, para salvación de sus almas.

El Nuevo Testamento está lleno de exhortaciones a la fidelidad y la perseverancia, a ser ‘vencedores’, para ser recompensados y entrar en el Reino, y de avisos y advertencias de castigo y pérdidas para los infieles y negligentes, especialmente contra los que se vuelven atrás (apostasía), al mundo, para vivir como los incrédulos (7). Dios comenzó la obra buena en cada uno de sus hijos, y está comprometido a llevarla a término (Flp 1:6), pero en la medida que un hijo falla en la responsabilidad de su llamado y se aparta, su Padre ejercerá disciplina: “pero siendo juzgados, somos disciplinados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo (1Cor 11:32). Puede ser una enfermedad, o debilitamiento, o incluso una muerte prematura (1Cor 11:30); o cuando el Señor vuelva, puede ser la pérdida de la recompensa y la corona de vencedor en la era venidera (Mt 5:46-47; Lc 6:35; 1Cor 3:8.14; 1Cor 9:25-27; 2Tim 4:9; 2Jn 1:8; Stg 1:12; Ap 2:10; 3:11), unos azotes (Lc 12:47), ser echados fuera del Reino como siervo inútil (Mt 5:25-26; 8:11-12; 24:45-51; 25:1-30; Ef 5:5; Gal 5:21), o incluso gustar temporalmente del ‘daño de la segunda muerte’ para los que vivieron como los incrédulos (Lc 12:45-48 con Ap 2.11; Mt 5:22.29-30): 'hijo mío, puesto que quisiste vivir como los impíos, deberás gustar disciplinariamente el destino de los impíos, para que puedas participar de mi santidad'.

La parábola de Jesús sobre las diez vírgenes (25:1-13) enseña claramente acerca de los creyentes que no se ocupan en su salvación, que no aplican por el Espíritu las provisiones de la cruz y la resurrección a su alma, conformándose a Cristo. Hay creyentes prudentes que no sólo tienen aceite (el Espíritu) en la lámpara (el espíritu regenerado y habitado por el Espíritu -Prv 20:27) sino también en la 'vasija' (el alma -2Cor 4:7), y hay creyentes necios que aunque fueron regenerados, se durmieron en los laureles y no se esforzaron en la gracia (2Tim 2:1) ejercitando su fe para que el Espíritu llenara y transformara su corazón. Este aceite en la vasija (el alma transformada por el Espíritu) no es gratuito, requiere esfuerzo, es personal e intransferible, hay que pagar un precio personal (25:9-10).

Hay cristianos genuinos 'espirituales', y cristianos genuinos 'carnales' (1Cor 3:1-3), ambos son salvos, pero los segundos todavía andan en la carne, lo cual produce muerte (Rm 8:13).

El Señor nos puso sobre el fundamento de la salvación inicial en Cristo, ahora espera que ‘sobre-edifiquemos’ con oro (la vida divina en nosotros), plata (las provisiones de la redención) y piedras preciosas (las riquezas del Espíritu); pero si en lugar de eso sobre-edificamos con madera, heno y hojarasca (recursos humanos sin la calidad divina), sufriremos pérdida:

“Pero cada uno mire cómo edifica encima, porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Si alguien edifica sobre este fundamento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno u hojarasca, la obra de cada uno será evidente, pues el día la dejará manifiesta. Porque por el fuego será revelada; y a la obra de cada uno, sea la que sea, el fuego la probará. Si permanece la obra que alguien ha edificado sobre el fundamento, él recibirá recompensa. Si la obra de alguien es quemada, él sufrirá pérdida; aunque él mismo será salvo, pero apenas, como por fuego (1Cor 3:10-15).

También el Antiguo Testamento tipifica nuestra responsabilidad en la salvación de nuestra alma: 

“No quiero que ignoréis, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, y que todos atravesaron el mar. Todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar. Todos comieron la misma comida espiritual. Todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Sin embargo, Dios no se agradó de la mayoría de ellos; pues quedaron postrados en el desierto. Estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no seamos codiciosos de cosas malas, como ellos codiciaron. No seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó para divertirse. Ni practiquemos la inmoralidad sexual, como algunos de ellos la practicaron y en un sólo día cayeron 23.000 personas. Ni tentemos a Cristo, como algunos de ellos le tentaron y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron y perecieron por el destructor. Estas cosas les acontecieron como ejemplos y están escritas para nuestra instrucción, para nosotros sobre quienes ha llegado el fin de las edades. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga (1Cor 10:1-12).

Muchos sacrificaron el cordero, untaron su puertas con su sangre, comieron de él, salieron de Egipto, fueron bautizados en la nube y en el agua, participaron en el Pacto... (todo ello simboliza la salvación en su primera etapa), pero no perseveraron y a causa de su incredulidad no pudieron entrar en la Tierra, símbolo de la plenitud de la vida cristiana en Cristo, quedaron dando vueltas por el desierto donde perecieron sin entrar en la Tierra, en el reposo. Esto es una advertencia para nosotros: podemos ser salvos y no ‘heredar la Tierra', que tipifica el Reino mesiánico. Lo que podemos ‘perder' no es la salvación, sino la herencia. Somos hijos, pero desheredados por no perseverar y por la incredulidad, privados de heredar el Reino (la era mesiánica, el Milenio), para poder 'participar de Su santidad' en los nuevos cielos y la tierra nueva, después del Milenio. La salvación inicial no se pierde, pero algo se puede perder: la salvación de nuestra alma para reinar con Cristo en el Milenio:

“Fiel es esta palabra: Si morimos con él, también viviremos con él. Si perseveramos, también reinaremos con él. Si le negamos, él también nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2Tim 2.11-13).

Sólo aquel que ha puesto su alma bajo el gobierno de Cristo, será digno de entrar en el Reino venidero para reinar con Él. Si hemos sido fieles y vencedores, heredaremos la tierra en la era del Reino y reinaremos con Cristo; si somos infieles y le negamos, Él también nos negará ‘disciplinariamente’ dejándonos fuera del Reino (Mt 10:32-33; 7:21-27; 25:12; Lc 13:23-25); pero Él es fiel, y después que se haya completado su disciplina para hacernos participar de su santidad, llevará su obra en nosotros a término, no puede negarse a Sí mismo.

Toda la carta a los Hebreos es una dramática exhortación a la perseverancia de los creyentes, "no sea que NOS deslicemos" (2:1). Se dice 'nos', los creyentes, dando por supuesto la posibilidad de 'deslizarse', de 'endurecerse por engaño del pecado' (3:13), de 'quedarse atrás' (4:1-2). Se exhorta a 'hacer un esfuerzo por entrar en el reposo que queda para el Pueblo de Dios' (4:11), porque si permanecen 'inmaduros'... qué versículos tan tremendos siguen:

"Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio" (6:4-6).

¿Acaso estas características se pueden predicar de alguien no regenerado: ser iluminados, gustar el don celestial, hechos partícipes del Espíritu Santo, gustar la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero? Sin embargo da por posible que 'recaigan', si no fueran creyentes no podrían 're-caer', si no fueran creyentes sí quedaría todavía la posibilidad de ser renovados para arrepentimiento.

“Porque si los que se han escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo se enredan de nuevo en ellas y son vencidos, el último estado les viene a ser peor que el primero. Pues mejor les habría sido no haber conocido el camino de justicia, que después de conocerlo, volver atrás del santo mandamiento que les fue dado. A ellos les ha ocurrido lo del acertado proverbio: El perro se volvió a su propio vómito; y "la puerca lavada, a revolcarse en el cieno” (2Pe 2:20-22).

“No desechéis, pues, vuestra confianza, la cual tiene una gran recompensa. Porque os es necesaria la perseverancia para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis lo prometido; porque: Aún un poco, en un poco más el que ha de venir vendrá y no tardará. Pero mi justo vivirá por fe; y si se vuelve atrás (es algo posible), no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma (Hb 10:35-39).

Vemos pues que nuestra alma es un campo de batalla, en donde todavía puede haber pérdida, y Satanás todavía puede retener o ganar terreno.


***


1  Ver también Rm 2:6-7; 1Tes 5:9; 1Tim 2:15; 4:16; 2Pe 1:5-11.

2  1ª carta a los corintios 11:13.

3  1ª carta a los corintios 1:30.

4  Ver Romanos 6:6 y 7:24, y 8:10.

5  Ver Romanos 6:12-13; 7:15-23; 12:1; 1Cor 9:24-27.

6  1ª carta a los tesalonicenses 4:4-5, conforme al texto griego.

7  Para profundizar en esta distinción bíblica entre salvación y Reino, y la disciplina paternal a los creyentes, recomiendo el libro “El Evangelio de Dios”, de Watchman Nee: El Evangelio de Dios

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