13. LA VIDA NORMAL DE LA ASAMBLEA DEL REY DE DIOS
II. La vida normal de la Asamblea del Rey de Dios
Enfoquemos para ver desde más cerca la Comunidad del Rey, la Iglesia, y consideremos brevemente algunos aspectos centrales de la vida del Cuerpo de Cristo en el Reino, bajo la soberanía de su Rey, Jesús, y su misión.
La Iglesia es el instrumento escogido por Dios para la transformación del mundo, ella ha recibido el encargo, la misión, de llevar adelante el Plan de Dios en el mundo. Y esta misión la realiza por lo que hace, pero aún más importante por lo que es, por la vida y la relaciones que manifiesta al mundo en sí misma.
1. El anuncio del Evangelio
"Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán sin que sean enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de las cosas buenas! Pero no todos obedecieron el evangelio, porque Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro mensaje? Por esto, la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo. Pero pregunto: ¿Acaso no oyeron? ¡Claro que sí! Por toda la tierra ha salido la voz de ellos; y hasta los confines del mundo, sus palabras" (Romanos 10:13-18).
Todo empieza con el anuncio de las Buenas Noticias del Reinado de Dios y de la salvación en Cristo Jesús, y la proclamación de Jesús como Señor. La Iglesia es enviada así a rescatar para Dios el mayor número posible de personas. El Señor, que vino a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lucas 19:10; 1Timoteo 1:15), envía a su comunidad de discípulos como 'pescadores de hombres' (Mateo 4:19), a rescatar a una humanidad náufraga, subiéndola al Arca de la Salvación: Cristo. Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan al pleno conocimiento de la verdad (1Timoteo 2:3-4). Para esto disponen de la Palabra de Dios eficaz y poderosa. El anuncio de todas estas Buenas Noticias es el poder (Romanos 1:16) por el que muchos son despertados, arrancados del viejo mundo que agoniza (Gálatas 1:4), trasladados del dominio de las tinieblas al reino del Hijo amado (Colosenses 1:13-14), introducidos en el Cuerpo de Cristo (Efesios 2:17.22), la Nueva Humanidad. La Palabra de la Verdad tiene el poder para hacer que los que estaban muertos en sus pecados (Juan 8:24; Efesios 2:1-3) renazcan a una vida nueva (1Pedro 1:23), reciban la Vida misma de Dios (Juan 3:36; 6:63.68; Filipenses 2:16; 1Juan 5:13), y el Espíritu de Dios (Romanos 8:15-16). Tan sólo hay una condición: aceptar por la fe esta Palabra de Dios, creer de todo corazón en Jesús, el Rey de Dios, el Hijo del Dios viviente, como Salvador y Señor (Romanos 10:1-17).
Pero la Iglesia no anuncia el Evangelio sólo para salvar gente de la perdición, de la ira venidera, y sentarla cómodamente en un sofá:
"Jesús se acercó a ellos y les habló diciendo: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:18-20).
Es decir, introducidlos en la vida del Reino, y edificadlos como Cuerpo de Cristo y Casa de Dios. En la Iglesia los nuevos creyentes son introducidos progresivamente en toda esta salvación de Dios en Cristo que estamos describiendo aquí.
Este es un trabajo como de cantería, en diversas fases. Primero se cortan las piedras vivas en la cantera del mundo y se van acumulando. Como hemos dicho, la palabra 'iglesia' viene de 'ek-klesia', los "llamados afuera". Esas piedras son 'santificadas' del mundo (separadas para Dios) para ser edificadas y servir al fin grandioso que hemos visto: ser conformadas a Cristo, edificadas como su Cuerpo y Compañera, para colaborar en la reunificación de todas las cosas bajo Cristo, Cabeza y Señor del universo.
Entonces, estas piedras 'separadas', antes de poder ser usadas en la construcción de la Ciudad de Dios, deben ser pulidas y preparadas, deben adquirir la forma adecuada. La Iglesia es, pues, también el espacio donde los recién nacidos son introducidos tanto en los contenidos de la fe (la Verdad de Dios) como en el vivir cristiano (la experiencia de la Verdad), tanto en su dimensión individual como corporativa:
- Aprenden todas las cosas que Jesús enseñó e hizo, y son introducidos en todos los misterios de Dios y del Reino de los Cielos (1Corintios 2:1; Mateo 13:11), y en cómo apropiarse de todas esas riquezas por la fe, y hacerlas experiencia;
- Son introducidos en el seguimiento de Jesús, pues ya han sido capacitados por el nuevo nacimiento para obedecer a Jesús, siguiendo sus mismas pisadas y viviendo como Él vivió.
En la Iglesia los nuevos creyentes aprenden a ser 'discípulos', seguidores del Rey Jesús (eso significa 'cristianos'), rindiéndole completamente sus voluntades y sometiéndose a sus órdenes en todas las áreas de sus vidas: personal, matrimonial, familiar, laboral, social... Porque han comprendido que “Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31b-32).
Por el nuevo nacimiento han entrado en el Reino de Dios, bajo el gobierno de Jesús, ahora están capacitados para vivir ese modo de vida, para responder a sus exigencias, y empiezan a descubrir su naturaleza y potencialidades.
- Aprenden a andar en el Espíritu, dejándose guiar por Él en todas las cosas, avanzando en el proceso de despojarse de la vieja naturaleza, para que la imagen del Hijo vaya siendo reproducida en ellos (Romanos 8:29; Efesios 4:22-24; Colosenses 3:9-10), individual y corporativamente. Nada del viejo mundo puede entrar en el nuevo. Ya no serán ellos los que viven, será Cristo quien vivirá en ellos (Gálatas 2:20).
- Aprenden, como piedras vivas, a ser edificados como un solo Cuerpo sobre la Roca: Jesucristo revelado por el Padre y confesado por los discípulos, para levantar la Morada de Dios con los hombres, la Familia de Dios (Mateo 16:13-18; 1Pedro 2:4-8; Efesios 2:19-22).
2. La vida de la Iglesia es la vida en la que conocemos a Dios.
Esta es la primera y principal ocupación de la Iglesia. Lo primero no es el hacer, sino el conocer; el hacer vendrá como consecuencia. Claro que el concepto bíblico de 'conocer' no se reduce a un conocimiento meramente intelectual, es el conocimiento producido por el amor, por la comunión vital.
Lo que Dios quiere y pide primeramente es que sus hijos e hijas le conozcan, este es uno de los motivos por los que el Hijo de Dios vino al mundo, para revelarnos al Padre:
“Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a quien has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, acabando la obra que me diste que hiciese... He manifestado Tu nombre a los hombres que del mundo me diste.” (Juan 17:3-6a).
Por eso en la Iglesia del Nuevo Testamento "perseveraban en la doctrina de los apóstoles" (Hechos de los Apóstoles 2:42).
La doctrina de los apóstoles es lo que ellos enseñaban. Y lo que ellos enseñaban giraba todo en torno a Jesús, el Cristo:
a) quién era Jesús (su Persona, su identidad)
b) qué hizo (su vida y su obra, especialmente su muerte y resurrección)
c) qué enseñó (sus enseñanzas, sus mandamientos, su doctrina).
b) qué hizo (su vida y su obra, especialmente su muerte y resurrección)
c) qué enseñó (sus enseñanzas, sus mandamientos, su doctrina).
“Y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y anunciar la buena nueva de que Jesús es el Cristo” (Hechos de los Apóstoles 5:42).
La Doctrina de los Apóstoles es, pues:
► la Doctrina 'de' Jesucristo, es decir, lo que él enseñó con palabras y obras. Jesús prometió a sus apóstoles:
"Pero el Ayudador, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas y os hará recordar todo lo que yo os he dicho" (Juan 14:26).
► y 'sobre' Jesucristo, el significado profundo de su identidad y su obra, revelado por el Espíritu a los apóstoles, conforme también a la promesa de Jesús:
"Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero ahora no las podéis sobrellevar. Y cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; pues no hablará por sí solo, sino que hablará todo lo que oiga y os hará saber las cosas que han de venir. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por esta razón dije que recibirá de lo mío y os lo hará saber" (Juan 16:12-15).
"En el primer relato escribí, oh Teófilo, acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar, hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido. A éstos también se presentó vivo, después de haber padecido, con muchas pruebas convincentes. Durante cuarenta días se hacía visible a ellos y les hablaba acerca del reino de Dios" (Hechos de los Apóstoles 1:1-3).
Así que la ocupación principal en la vida de la Asamblea de Dios es atender a la enseñanza de los Apóstoles para crecer juntos en el conocimiento de la Persona de Jesús, su Obra y sus enseñanzas, de modo que la Iglesia lo experimente, disfrute y obedezca para el avance del Reino de Dios. Este es el asunto principal de las reuniones de la Iglesia.
En su enseñanza acerca de Jesús, los Apóstoles usaban las Escrituras del Antiguo Testamento, porque Jesús les abrió el entendimiento para que comprendieran que todo el Antiguo Testamento apunta a Cristo, lo anuncia, lo prefigura:
“44 Y les dijo: —Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas estas cosas que están escritas de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos. 45 Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras, 46 y les dijo: —Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese y resucitase de los muertos al tercer día; 47 y que en su nombre se predicase el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24:44-47).
Así que las iglesias se reunían para:
a) leer y escudriñar las Escrituras judías (el Antiguo Testamento)
b) escuchar el testimonio y la enseñanza de los Apóstoles (el Nuevo Testamento).
b) escuchar el testimonio y la enseñanza de los Apóstoles (el Nuevo Testamento).
Al principio su enseñanza era oral, luego comenzaron a ponerla por escrito en sus cartas a diversas iglesias, y antes de partir con el Señor se preocuparon de que quedara memoria escrita de todo lo referente a Jesús (2Pedro 1:14-15), y que esos escritos circularan entre las iglesias para ser leídas y aprendidas (Colosenses 4:16: 1Tesalonicenses 5:27). Finalmente el Espíritu del Señor guió a la Iglesia primitiva para guardar y reunir los escritos apostólicos que llegaron a conformar el Nuevo Testamento (Lucas 1:1-4). Ambos Testamentos juntos forman la Biblia, la cual es la Revelación completa de Dios al Hombre, la Palabra de Dios entregada a la Iglesia para nutrirla y guiarla. Porque la Palabra de Dios tiene el poder de dar vida, es luz para iluminar el Camino recto del Señor, el Camino de la salvación y la plenitud en la comunión con Dios:
“14 Pero persiste tú en lo que has aprendido y te has persuadido, sabiendo de quienes lo has aprendido 15 y que desde tu niñez has conocido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús. 16 Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para la enseñanza, para la reprensión, para la corrección, para la instrucción en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente capacitado para toda buena obra” (2Timoteo 3:14-17).
De modo que los discípulos de Jesús perseveraban “unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de la perfecta certidumbre de entendimiento, hasta alcanzar el pleno conocimiento del misterio de Dios, es decir, Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Colosenses 2:2-3).
En la Iglesia, pues, es donde los creyentes crecen juntos en el conocimiento de Dios revelado en Cristo Jesús:
"Por esta razón doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, a fin de que, conforme a las riquezas de su gloria, os conceda ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior; para que Cristo habite en vuestros corazones por medio de la fe; de modo que, siendo arraigados y fundamentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender, junto con todos los santos, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento; para que así seáis llenos de toda la plenitud de Dios" (Efesios 3:14-19).
Hoy las iglesias locales deben seguir el patrón original y reunirse asiduamente para escuchar y meditar la Palabra de Dios, por medio de la cual se nos descubren “las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8). Una iglesia o un cristiano que no se alimenta constantemente de la Palabra de Dios, no puede subsistir, ni avanzar, ni crecer... Como dijo Jesús: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3).
3. La vida de la Iglesia es la vida donde expresamos al Dios trino.
"Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles y en la comunión (en griego: "koinonía")..." (Hechos de los Apóstoles 2:36-42).
La palabra griega 'koinonía' es muy rica, significa: comunión (= común unión), comunidad, confraternidad, compañerismo, asociación mutua íntima, relación estrecha, participación (tener parte en), ayuda o apoyo mutuo.
La vida que nos hace aptos para entrar en el Reino de los Cielos es una vida compartida: la Vida divina, que nos convierte en hijos de Dios, por tanto, verdaderos hermanos los unos de los otros.
En el Cuerpo de Cristo, que es la Asamblea/Iglesia del Dios viviente (1Timoteo 3:15), Dios nos concede la gracia de poder participar de las mismas relaciones que se dan en el seno de la Comunidad Divina: entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; relaciones de igualdad y unidad en la diferencia personal, de entrega, de amor, de comunión...; o dicho de otro modo: el Dios triuno quiere ser expresado en la vida de su Asamblea, incluidas las dimensiones materiales.
Una de las señales distintivas que acompañaron el nacimiento de la Iglesia en Pentecostés fue la comunión de vida y de bienes. Esto no significa la desaparición 'legal' de la propiedad privada, cada uno sigue siendo propietario 'legal' de sus bienes. Significa que los cristianos son uno en Cristo, son una verdadera familia, por cuyas venas espirituales corre la misma Vida de Dios, y ya nadie llama suyo propio nada de lo que tiene. Reconocen LIBREMENTE que todos sus bienes pertenecen al Señor, y que son meros administradores de lo que poseen, atentos a los intereses del Señor y las necesidades de los hermanos:
“Y todos los que creían se reunían y tenían todas las cosas en común (...) La multitud de los que habían creído era de un solo corazón y una sola alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que todas las cosas les eran comunes (...) No había, pues, ningún necesitado entre ellos, porque todos los que eran propietarios de terrenos o casas los vendían, traían el precio de lo vendido y lo ponían a los pies de los apóstoles. Y era repartido a cada uno según tenía necesidad” (Hechos de los Apóstoles 2:44; 4:32-35).
Esto ocurría primeramente al interior de cada iglesia local, pero también entre iglesias locales:
“En aquellos días descendieron unos profetas de Jerusalén a Antioquía. Y se levantó uno de ellos, que se llamaba Agabo, y dio a entender por el Espíritu que iba a ocurrir una gran hambre en toda la tierra habitada. (Esto sucedió en tiempos de Claudio). Entonces los discípulos, cada uno conforme a lo que tenía, determinaron enviar una ofrenda para ministrar a los hermanos que habitaban en Judea. Y lo hicieron, enviándolo a los ancianos por mano de Bernabé y de Saulo” (Hechos 11:27-30).
La Iglesia supera tanto al individualismo capitalista como al colectivismo comunista: los individuos retienen su libertad, pero esta es puesta por el amor al servicio del bien común, con especial atención a los miembros necesitados.
En la vida del Reino que se vive en la Iglesia las personas deben liberarse del dominio de Mamón, dios de las riquezas, el dios Dinero, porque es un señor incompatible con el Señor Jesús: "Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá al uno y amará al otro, o se dedicará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24).
Por tanto, del mismo modo que al interior de la Deidad existe igualdad entre las tres Personas divinas, pues las tres comparten la misma Naturaleza y Esencia divina, así también al interior de la Iglesia existe esa igualdad al haber sido hechos partícipes de la misma naturaleza divina (2Pedro 1:4). La nueva vida en Cristo hace que lo que antes era motivo de división entre los hombres ya no lo sea:
"Así que, todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús, porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3:27-28).
"...porque os habéis despojado del viejo hombre con sus prácticas, y os habéis vestido del nuevo, el cual se renueva para un pleno conocimiento, conforme a la imagen de aquel que lo creó. Aquí no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, esclavo ni libre; sino que Cristo es todo y en todos" (Colosenses 3:9-11).
Este es 'el evangelio de la paz', en Cristo son derribados todos los muros de separación, por su sangre son reconciliados todos los hombres en un solo Cuerpo:
"Y acordaos de que en aquel tiempo estabais sin Cristo, apartados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, estando sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos habéis sido acercados por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, quien de ambos nos hizo uno. El derribó en su carne la barrera de división, es decir, la hostilidad; y abolió la ley de los mandamientos formulados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos hombres un solo hombre nuevo, haciendo así la paz. También reconcilió con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando muerte en ella a la enemistad. Y vino y anunció las buenas nuevas: paz para vosotros que estabais lejos y paz para los que estaban cerca, ya que por medio de él, ambos tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu. Por lo tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Habéis sido edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo Jesucristo mismo la piedra angular. En él todo el edificio, bien ensamblado, va creciendo hasta ser un templo santo en el Señor. En él también vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu" (Efesios 2:12-22).
En la Iglesia hay pues igualdad por razón de la Vida que se participa en común, pero también hay diversidad por razón de la diversidad de dones y funciones repartidos por el Espíritu:
"4 Ahora bien, hay diversidad de dones; pero el Espíritu es el mismo. 5 Hay también diversidad de ministerios (servicios), pero el Señor es el mismo. 6 También hay diversidad de actividades, pero el mismo Dios es el que realiza todas las cosas en todos. 7 Pero a cada cual le es dada la manifestación del Espíritu para provecho mutuo (...) 27 Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros suyos individualmente. 28 A unos puso Dios en la iglesia, primero apóstoles, en segundo lugar profetas, en tercer lugar maestros; después los que hacen milagros, después los dones de sanidades, los que ayudan, los que administran, los que tienen diversidad de lenguas" (1Corintios 12:4-7;27-28).
La Iglesia es un Cuerpo, donde cada uno es un miembro, y cada miembro tiene uno o varios dones y funciones necesarios para el funcionamiento del Cuerpo (ver Romanos 12:5-8 y 1Corintios 12): de profecía, de servicio, de enseñanza, de exhortación, de dar, de presidencia, de misericordia, de obras poderosas, de sanidad, de ayudar, de administrar, de lenguas, de interpretación de lenguas, de sabiduría, de ciencia, de milagros, de discernimiento de espíritus...
Y esto nos lleva al siguiente punto:
4. La vida de la iglesia es una vida de servicio, cuidado y edificación mutuos.
Incluso la división que existía en el Pueblo de Dios entre el pueblo (laicos) y los sacerdotes, fue abolida por Jesús en la cruz, como expone claramente la Carta a los Hebreos. El Señor Jesús aborrece la división entre clero y laicos, como dice en el libro de Apocalipsis (lo veremos más adelante). La existencia de un clero no es conforme a la enseñanza del Nuevo Testamento.
Dios escogió al pueblo de Israel en conjunto para que constituyera "un reino de sacerdotes". Esa es su intención original:
"Ahora pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi pacto, seréis para mí un pueblo especial entre todos los pueblos. Porque mía es toda la tierra, y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa." Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel" (Éxodo 19:5-6).
El concepto de 'sacerdocio' tiene que ver con el servicio a Dios: Dios siempre ha querido un pueblo totalmente consagrado a su servicio, ocupado íntegramente en 'los asuntos de Dios'.
El origen de la división "clero sacerdotal / pueblo (laicos)" en el Pueblo de Dios está en la idolatría. En el Sinaí el pueblo adoró el becerro de oro, se hicieron 'sacerdotes del becerro de oro', un ídolo, un demonio. Moisés se puso a la entrada del campamento y dijo: "¿Quién está por el Señor? Júntese conmigo" (Ex 32:26). Y se juntaron con él toda la tribu de Leví, las demás tribus no se consagraron al Señor. Desde ese momento la nación de Israel no podía ser un reino de sacerdotes, el sacerdocio quedó reducido a una parte del Pueblo (Aarón y los levitas); el Pueblo de Dios y los sacerdotes de Dios llegaron a ser dos grupos distintos. El sacerdocio se convirtió en el privilegio de una sola familia, y se caracterizaba por ser una 'clase mediadora': los sacrificios y ofrendas, la confesión de los pecados, la unción y santificación de las personas, el contacto con Dios... todo debía ser hecho 'por medio de los sacerdotes'.
El Templo del Antiguo Testamento estaba estructurado en tres compartimentos: el atrio exterior, el santo y el santísimo, aislado por un velo, en el cual estaba el Arca de la Alianza con las tablas, y donde Dios moraba en medio del Pueblo. Al lugar santísimo, es decir, a la presencia de Dios, sólo podía entrar el sumo sacerdote una vez al año. El acceso a Dios estaba completamente vedado al pueblo.
Cristo terminó con el sistema del clero/laicado. Él no pertenecía al linaje sacerdotal ni levita de Israel. Fue un 'laico'. Pero como nos dice toda la Carta a los Hebreos, con su muerte, resurrección y ascensión se convirtió en el Sumo Sacerdote, el único y verdadero, que entró en el verdadero lugar santísimo, el cielo, consiguiendo la redención definitiva y abriendo un camino (Él mismo), para que todos los que en él creen tengan acceso libre a la presencia de Dios:
"Así que, hermanos, teniendo plena confianza para entrar al lugar santísimo por la sangre de Jesús, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo (es decir, su cuerpo), y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura" (Hebreos 10:19-22).
"13 Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos habéis sido acercados por la sangre de Cristo (...) ya que por medio de él, ambos (Israel y las demás naciones) tenemos acceso al Padre en un solo Espíritu" (Ef 2:13.18).
El sacrificio de Cristo en la cruz, según Hebreos, lleva a su fin todo el sistema sacrificial-sacerdotal del Templo del Antiguo Testamento. El Antiguo Pacto/Testamento sellado por medio de Moisés, era símbolo y figura; ahora Cristo trajo la realidad de las cosas celestiales, y lo antiguo fue abolido:
"8 Porque reprendiéndoles dice: "He aquí vienen días, dice el Señor, en que concluiré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto (...) 13 Al decir "nuevo", ha declarado caduco al primero; y lo que se ha hecho viejo y anticuado está a punto de desaparecer" (Carta a los Hebreos 8:8.13).
- Ahora el verdadero Templo, lugar de la presencia de Dios, es el Cuerpo de Cristo: la Iglesia:
"Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque santo es el templo de Dios, el cual sois vosotros" (1Corintios 3:17).
- Ya no hacen falta más sacrificios porque la sangre de Cristo, el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ha conseguido el perdón de los pecados para todos los que creen en él:
"Pero ahora, él se ha presentado una vez para siempre en la consumación de los siglos, para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo" (Hebreos 9:26).
- Queda abolida la distinción entre el Pueblo de Dios y los sacerdotes de Dios: ahora toda la Iglesia es un pueblo sacerdotal, todos los redimidos tienen libre acceso a Dios, como hemos visto. No hay más mediadores que Cristo:
"Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, quien se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo" (1Timoteo 2:5-6).
En la Iglesia de Jesucristo, conforme al Nuevo Testamento, todo cristiano es un sacerdote, alguien que consagra toda su existencia al servicio de Dios (Romanos 12:1-2), dedicado plenamente al servicio de Dios y su Reino, pues no hay compartimentos estancos en la existencia cristiana: adoración, oración, comunión, trabajo, testimonio, misión... todo la vida del cristiano es un sacrificio de alabanza a Dios.
Ahora tenemos un sólo y eterno Sumo Sacerdote: Jesucristo, y en él todos los creyentes sin distinción son 'un reino de sacerdotes':
“Acercándoos a él, la Piedra Viva -que fue ciertamente rechazada por los hombres, pero delante de Dios es elegida y preciosa-, también vosotros sed edificados como piedras vivas en casa espiritual para ser un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1Pedro 2:4-5).
“Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1Pedro 2:9).
“Al que nos ama y nos libró de nuestros pecados con su sangre, y nos constituyó en un reino, sacerdotes para Dios su Padre; a él sea la gloria y el dominio para siempre jamás. Amén” (Ap 1:5b-6).
Es, pues, la Asamblea/Iglesia la que en conjunto actúa como sacerdote entre Dios y el resto de la Humanidad. La iglesia tiene la misión de interceder ante Dios por la Humanidad perdida y doliente. Y tiene la misión de ser 'bendición para todas las naciones' (Génesis 12:3), es decir, traer vida a todas las naciones. La iglesia es un reino sacerdotal para bendecir a las naciones. ¿Cómo? Siendo testigos de Cristo, proclamando su Evangelio integral, viviendo la vida del Reino bajo la soberanía del Cristo, siendo la luz que ilumina las tinieblas del mundo, la sal que preserva a la tierra de la corrupción, la ciudad situada en lo alto como sociedad alternativa para atraer a las naciones:
"Acontecerá en los últimos días que el monte de la casa del Señor será establecido como cabeza de los montes, y será elevado más que las colinas; y correrán a él todas las naciones. Muchos pueblos vendrán y dirán: 'Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos, y nosotros caminemos por sus sendas'. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor. El juzgará entre las naciones y arbitrará entre muchos pueblos. Y convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en podaderas. No alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra. ¡Oh casa de Jacob, venid y caminemos a la luz del Señor!" (Isaías 2:2-5).
"Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? No vale más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no puede ser escondida. Tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cajón, sino sobre el candelero; y así alumbra a todos los que están en la casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mateo 5:13-16).
"Hacedlo todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación torcida y perversa, en la cual vosotros resplandecéis como luminares en el mundo, llevando en alto la palabra de vida..." (Filipenses 2:14-16)
El vocabulario sacerdotal del Nuevo Testamento se aplica sólo a Cristo o al pueblo de Dios en su conjunto, jamás a individuos concretos. Hay liderazgo y gobierno en las iglesias neotestamentarias, pero no tiene nada que ver con una casta que monopolice el sacerdocio, como veremos enseguida.
Así pues, todo creyente, hombre o mujer, joven o anciano, es un sacerdote, con derecho de ocuparse de las cosas del Templo de Dios, de la Casa de Dios, que es la Iglesia, de ofrecer sacrificios espirituales, entrando con libertad y directamente, sin intermediarios, en la presencia de Dios.
Por eso el Nuevo Testamento hace hincapié en la responsabilidad corporativa. Es toda la asamblea de los creyentes la que está llamada a llevar a cabo las funciones de servicio, cuidado y edificación mutuos. Los hermanos y las hermanas (= toda la iglesia) son llamados a:
- animar a los desanimados (1Tesalonicenses 5:14)
- apoyar a los débiles (1Tesalonicenses 5:14)
- abundar en la obra del Señor (1Corintios 15:58)
- amonestarse unos a otros (Romanos 15:14)
- enseñar los unos a otros (Colosenses 3:16)
- profetizar todos (1Corintios 14:31)
- servirse los unos a los otros (Gálatas 5:13)
- sobrellevar los unos las cargas de los otros (Gálatas 6:2)
- preocuparse los unos por los otros (1Corintios 12:25)
- amarse unos a otros (Romanos 13:8; 1Tesalonicenses 4:9)
- honrarse y preferirse los unos a los otros (Romanos 12:10)
- mostrarse bondadosos y compasivos los unos a los otros (Efesios 4:32)
- edificar los unos a los otros (Romanos 14:19; 1Tesalonicenses 5:11b)
- ser tolerantes y pacientes unos con otros (Efesios 4:2; Colosenses 3:13)
- exhortarse unos a otros (Hebreos 3:13; 10:25)
- estimularse unos a otros al amor y a las buenas obras (Hebreos 10:24)
- animarse los unos a los otros (1Tesalonicenses 5:11a)
- orar unos por otros (Santiago 5:16)
- practicar la hospitalidad entre unos y otros (1Pedro 4:9)
- tener comunión unos con otros (1Juan 1:7)
- confesar los pecados unos a otros (Santiago 5:16)
- disciplinar a los miembros en pecado (1Corintios 5:3-5; 6:1-6)
- amonestar a los desordenados (1Tesalonicenses 5:14).
Las reuniones de la Iglesia no son aquellas en las que hay uno frente al resto de la asamblea, sino que cada uno trae la porción de Cristo que ha recibido para nutrir al resto del Cuerpo:
"¿Qué significa esto, hermanos? Que cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene un salmo o una enseñanza o una revelación o una lengua o una interpretación. Todo se haga para la edificación" (1Corintios 14:26).
Por el bautismo y la imposición de manos, el cristiano es colocado en el Cuerpo bajo Cristo como Cabeza. El suministro de Vida de la Cabeza le llega como miembro del Cuerpo. Como ya vimos, el Cuerpo de Cristo no es una organización religiosa, es un Organismo vivo, es una comunión viviente gracias al Espíritu de Vida. Cada miembro tiene algo de Cristo que debe suministrarlo a los demás, ya sea en lo material o en lo espiritual. Por eso la Iglesia genuina busca espontáneamente la vida en común, el estrechar relaciones, el compartir bienes espirituales y materiales para el provecho mutuo...
5. El Alimento celestial de la Asamblea de Dios.
"Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan..." (Hechos de los Apóstoles 2:42).
El Señor Jesús, poco antes de ser detenido y crucificado, mientras celebraba por última vez con sus discípulos la fiesta de la Pascua, la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto, ordenó recordar su muerte por medio del partimiento del pan, comiendo el pan y bebiendo el vino, porque “si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Juan 6:53):
“Porque yo recibí del Señor la enseñanza que también os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: 'Tomad, comed. Esto es mi cuerpo que por vosotros es partido. Haced esto en memoria de mí'. Asimismo, tomó también la copa después de haber cenado, y dijo: 'Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre. Haced esto todas las veces que la bebáis en memoria de mí'. 26 Todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que él venga” (1Cor 11:23-26).
La muerte del Señor es tan preciosa a su santos... El sacrificio de Cristo en la cruz, realizado una sola vez y para siempre, donde su cuerpo fue desgarrado y su sangre derramada para nuestra salvación, es la fuente de donde nace la Iglesia. Es una hazaña tan grandiosa, hay tantísima provisión espiritual en ella, que los cristianos no podemos más que agradecer con sumo gozo al Señor este mandato suyo. A esa fuente acude la Iglesia una y otra vez para recibir Vida, para adorar y bendecir al Señor que nos amó y murió por nosotros, para expresarle nuestro amor.
El Señor ha preparado una mesa (1Corintios 10:21), un banquete, del cual sólo tienen derecho a participar sus redimidos, los hijos de Dios que Él compró con su preciosa sangre y que reúne en torno a Él en un mismo Cuerpo. En ese banquete el Señor se da a sí mismo como el Pan del cielo para alimentar a su Iglesia:
"Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré por la vida del mundo es mi carne. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: —¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Y Jesús les dijo: —De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, de la misma manera el que me come también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo. No como los padres que comieron y murieron, el que come de este pan vivirá para siempre" (Juan 6:51-58).
Jesús no estaba invitando a practicar la antropofagia, como algunos (entonces y hoy) interpretaron. A ellos Jesús les respondió: "El Espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6:63). No encontramos base bíblica ni para la interpretación fisicalista católica (1) ni para la interpretación meramente simbólica del protestantismo. ¿Cuál es el alimento que necesitamos para nuestros espíritus inmortales? Necesitamos el cuerpo partido y la sangre derramada del Hijo de Dios hecho hombre, es decir, necesitamos alimentarnos de su muerte. Eso representan el pan y el vino. Y cuando los tomamos poniendo nuestra fe en lo que representan, realmente recibimos los elementos nutritivos para nuestra vida espiritual que provienen de la muerte vivificante de Cristo y su preciosa humanidad llena de obediencia y amor al Padre y de servicio humilde a los hombres... hasta la entrega de la propia vida. El pan sigue siendo pan, y el vino sigue siendo vino, pero realmente por la fe "comulgamos" al Señor, es decir, tenemos una comunión efectiva con Él que nos nutre espiritualmente.
Cuando la Asamblea de Cristo se reúne para partir el pan, está anunciando su muerte... hasta que Él vuelva, y amanezca la era del Reino de los Cielos.
Con la Cena del Señor (1Corintios 11:20) manifestamos y celebramos también el misterio del único Cuerpo de Cristo. Comemos de un único Pan, Jesucristo entregado, y nos convertimos en un único Pan: muchos granos, molidos por el Espíritu, mezclados con el aceite del Espíritu, y horneados por el horno del amor del Espíritu, para formar un solo Pan, una fraternidad de amor. Este es un momento central en la 'koinonía' de la Iglesia:
"La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es uno solo, nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo; pues todos participamos de un solo pan" (1Corintios 10:16-17)
A causa de nuestros pecados y rebeliones, una copa fue dispuesta para que la bebiésemos: la copa del vino de la ira de Dios (Apocalipsis 14:10). Pero Cristo se ofreció en nuestro lugar y la bebió hasta la heces, de modo que ahora se ha convertido para nosotros en “copa de bendición”, pues por su muerte somos librados de la ira y nos llegan todas las bendiciones de Dios.
¿Qué otra cosa puede hacer la Asamblea de Cristo sino acordarse periódicamente de esta maravilla con profunda acción de gracias?
6. En comunicación con Dios.
"Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones" (Hechos de los Apóstoles 2:42).
La oración es la comunicación con Dios, en comunión íntima con Él. Por la oración escuchamos a Dios; reconocemos su grandeza y sus atributos y sus hechos salvíficos en adoración y alabanza; le expresamos nuestro amor y devoción; le damos gracias por sus ricas y abundantes bendiciones; le presentamos nuestras angustias y problemas; le pedimos por Sus intereses y por nuestras necesidades...
La Iglesia también se dedica asiduamente a la oración en sus diversas modalidades, a crecer en la comunión íntima con Dios el Padre y con el Señor Jesús.
Como "reino de sacerdotes", la Asamblea de Cristo tiene acceso a la presencia de Dios para interceder por la necesidades del mundo, para hacer descender del Cielo las bendiciones y provisiones que necesita este mundo roto y cautivo del poder de las tinieblas. Por medio de la oración la Iglesia puede mover el poder de Dios para el cumplimiento del Plan de Dios sobre la Historia humana, derrotando toda oposición espiritual maligna que se mueve por detrás de los poderes terrenales.
7. La vida de la iglesia es conforme al modelo ordenado por Dios: 'los odres nuevos'.
"Tampoco echan vino nuevo en odres viejos, porque los odres se rompen, el vino se derrama, y los odres se echan a perder. Más bien, echan vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan" (Mateo 9:17).
Jesús está hablando aquí de la imposibilidad de que la novedad de vida que Él estaba introduciendo pudiera ser contenida por las estructuras de la vieja religión de los judíos. Cristo trajo un contenido nuevo, pero también el continente apropiado para poder contenerlo. Podríamos decir "las estructuras que ordenan y sostienen la vida del Cuerpo de Cristo".
Lo más importante es la vida, pero en toda la naturaleza comprobamos que la vida fluye por medio de ciertos canales y es sostenida por ciertas estructuras. Así también en la Asamblea/Iglesia de Cristo, que es un organismo viviente: el Cuerpo de Cristo.
Ya hemos hablado de algunos aspectos que estructuran la vida divina en la Iglesia: las enseñanzas fundamentales de Cristo para ser introducidos en el Reino, las actividades fundamentales entorno a las cuales gira la vida de la Iglesia... Pero avancemos un poco más.
En el Antiguo Testamento hay una figura tipológica de la Iglesia: el Tabernáculo de reunión, donde Dios habitaba en medio de su pueblo. Dios mandó a Moisés construirlo dándole la siguiente advertencia: "Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte" (Hebreos 8:5). Moisés recibió de Dios, en la íntima comunicación que tuvo en el monte Sinaí, la visión del modelo, de los planos divinos para la construcción del Tabernáculo. Allí se detallan con abrumadora meticulosidad, el propósito, el diseño, mobiliario, el orden, los materiales, los edificadores, la consagración de los sacerdotes, sus actividades, sus vestiduras... hasta sus calzoncillos! He contado al menos diez veces la frase que Dios repite a Moisés: "Haz todo conforme al modelo" (Ex 25:9.40; 26:30; 27:8; 31:6.11; 36:1; 39:32.42-43).
¿Qué nos dice todo esto? Que Dios es muy celoso de la edificación de su Casa, que no ha dejado ningún detalle a nuestra iniciativa o imaginación humanas:
“Tú, hijo de hombre, muestra a la casa de Israel esta casa, y avergüéncense de sus pecados; y midan el diseño de ella. Y si se avergonzaren de todo lo que han hecho, hazles entender el diseño de la casa, su disposición, sus salidas y sus entradas, y todas sus formas, y todas sus descripciones, y todas sus configuraciones, y todas sus leyes; y descríbelo delante de sus ojos, para que guarden toda su forma y todas sus reglas, y las pongan por obra. Esta es la ley de la casa: Sobre la cumbre del monte, el recinto entero, todo en derredor, será santísimo. He aquí que esta es la ley de la casa” (Ezequiel 43:10-12).
La Iglesia existe en la mente de Dios desde antes de la fundación del mundo. Él la pensó y la diseño según su Voluntad en todos sus detalles, y nos llama a colaborar en su edificación siempre y cuando lo hagamos 'conforme al modelo'. Este modelo es el que se nos ha revelado en el conjunto de las enseñanzas y prácticas de Jesús y sus apóstoles, recogidas en el Nuevo Testamento. Estos son los 'odres nuevos', provistos por Dios, que pueden contener adecuadamente el Vino nuevo, que es la Vida nueva en el Espíritu de Jesucristo. Estimo necesario resaltar someramente dos aspectos que considero de suma importancia por la situación actual de la Cristiandad:
Las Iglesias locales
El Nuevo Testamento usa la palabra 'iglesia' en dos sentidos:
a) universal ('La' Iglesia): cuando se refiere al conjunto de los creyentes de todos los tiempos y lugares;
b) local ('las' Iglesias): cuando se refiere al conjunto de los creyentes en un determinado tiempo y lugar, en una localidad.
Si nos preguntamos según el Nuevo Testamento cuál es el criterio que permite "dividir" legítimamente "La Iglesia universal", el único Cuerpo de Cristo, en una pluralidad de "iglesias locales", descubrimos que se trata de un criterio meramente práctico, geográfico; si nos preguntamos según el Nuevo Testamento cuáles son los límites de una iglesia local que permiten diferenciarla legítimamente de las otras, descubrimos que son los límites de cada localidad.
La Iglesia local es la Iglesia universal en un lugar concreto. La Iglesia universal está representada y expresada en cada localidad, ciudad, pueblo, municipio o aldea por el conjunto de los creyentes que allí viven. Cada Iglesia local es el lugar en donde se hace visible, concreta, palpable, la iglesia universal.
La Iglesia local es la Iglesia universal en un lugar concreto. La Iglesia universal está representada y expresada en cada localidad, ciudad, pueblo, municipio o aldea por el conjunto de los creyentes que allí viven. Cada Iglesia local es el lugar en donde se hace visible, concreta, palpable, la iglesia universal.
Cada Iglesia local debe representar la unidad de la Iglesia universal, por eso no puede haber dos iglesias en una misma localidad. El principio que vemos en todo el Nuevo Testamento sin excepción es 'una localidad, una iglesia', que incluye por derecho a todos los que en un lugar han creído en el Salvador y Señor Jesucristo.
En los primeros tres capítulos del libro de Apocalipsis, el Señor Jesús revela que cada iglesia local está representada en el cielo por un candelero de oro. Cada candelero en el cielo se corresponde con la iglesia de una ciudad en la tierra:
"10 Y estando en espíritu en el día consagrado al Señor oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta, 11 que decía: Escribe lo que ves en un rollo, y envíalo a las siete iglesias: a Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardis, a Filadelfia y a Laodicea. 12 Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo, y vuelto, vi siete candelabros de oro, 13 y en medio de los siete candelabros, a uno semejante al Hijo del Hombre (...) 16 En su diestra tenía siete estrellas (...) 19 Escribe, pues, las cosas que has visto, y las que son, y las que están a punto de suceder después de estas: 20 El misterio de las siete estrellas que viste en mi diestra, y los siete candelabros de oro: Las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros son las siete iglesias" (Apocalipsis 1:10-20).
No hay un solo versículo en las Escrituras donde aparezca en una ciudad más de una iglesia. No existe autorización bíblica para eso. En el Nuevo Testamento tenemos:
- "la iglesia que estaba en Jerusalén" (Hechos 8:1)
- "la iglesia que estaba en Antioquía" (Hechos 13:1)
- "la iglesia en Cencrea" (Romanos 16:1)
- "la iglesia de Dios que está en Corinto" (1Corintios 1:2)
- "la iglesia de los laodicenses" (Colosenses 4:16; Apocalipsis 3:1)
- "la iglesia de los tesalonicenses" (1Tesalonicenses 1:1)
- "la que está en Babilonia" (1Pedro 5:13)
- "la iglesia en Efeso" (Apocalipsis 2:1)
- "la iglesia en Esmirna" (Apocalipsis 2:8)
- "la iglesia en Pérgamo" (Apocalipsis 2:12)
- "la iglesia en Tiatira" (Apocalipsis 2:18)
- "la iglesia en Sardis" (Apocalipsis 3:1)
- "la iglesia en Filadelfia" (Apocalipsis 3:7).
Cuando los cristianos de Corinto empezaron a hacer grupos según sus apóstoles preferidos, fueron reprendidos por el apóstol Pablo:
“Porque se me ha informado de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que entre vosotros hay contiendas. Me refiero a que uno de vosotros está diciendo: "Yo soy de Pablo", otro "yo de Apolos", otro "yo de Pedro" y otro "yo de Cristo". ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo?" (1Corintios 1,11-13)
Cuando la Palabra habla de 'las iglesias' en un mismo lugar siempre se refiere a una región, que abarca varias localidades, por tanto, varias Iglesias locales: por ejemplo Judea (Hechos 9:31), Siria y Cilicia (Hechos 15:41), Galacia (Gálatas 1:2)... Por eso tampoco puede haber una Iglesia que abarque más de una localidad. En el NT no hay Iglesias 'comarcales', 'provinciales' o 'diocesanas', 'regionales', 'nacionales', 'internacionales'... La Iglesia universal no es una Iglesia internacional o mundial, es el Único Cuerpo de Cristo expresado en cada localidad. La Iglesia de Roma no tiene jurisdicción fuera de Roma. La expresión visible de la Iglesia universal indicada por la Escritura es la Iglesia local, y la comunión de igual a igual entre las diversas iglesias locales.
La base bíblica de la unidad en el sentido local es el único Cuerpo de Cristo en la localidad: ciudad, pueblo, municipio o aldea.
Toda otra base de unidad (unos estatutos creados por hombres, un ministerio preferido, selección de verdades bíblicas enfatizadas...) constituye una división, un pecado de división, que el apóstol Pablo clasifica como "obra de la carne" (1Cor 3:1-4; Gal 5:19-20). Si yo soy un creyente que vive en Novelda, pertenezco a la Iglesia local de Novelda, la Iglesia de Dios que vive en Novelda, junto con todos los que aquí también han creído con sincero corazón. Si me mudo a vivir a Aspe, entonces soy automáticamente miembro de la Iglesia local de Aspe.
Cada Iglesia local es autónoma en organización y administración; eso sí, en comunión lo más estrecha posible con el resto de iglesias locales, especialmente las más próximas.
Tristemente, tal como Jesús profetizó, debido a muchas cosas que han ocurrido a lo largo de la Historia de la Cristiandad, este es uno de los elementos del 'odre' de la Iglesia neotestamentaria que se perdió. A lo largo de los siglos una iglesia local, la de Roma, capital del imperio, fue extendiendo ilegítimamente su jurisdicción sobre las demás iglesias locales, dando lugar a un sistema religioso mundial (el Catolicismo). Luego, la Reforma evangélica del siglo XVI comenzó a recuperar algunos elementos del cristianismo bíblico, pero siguió produciendo muchas divisiones hasta hoy creando gran confusión y mal testimonio ante el mundo. Ahora generalmente suele haber varios grupos de cristianos en una misma localidad que bajo distintos nombres andan cada uno por su lado. Hoy la Familia de Dios está dividida.
Y ¿qué ocurre si en mi localidad hay varios grupos cristianos, diferentes confesiones y denominaciones? A pesar de las divisiones que hemos creado los hombres, a los ojos de Dios sigue habiendo una sola iglesia en tu localidad, que incluye a todos esos creyentes divididos. La "unidad del Espíritu" es un hecho que no se puede cambiar: todos los que están en Cristo son un mismo y único Cuerpo. Pero no todos 'guardan' este hecho (casi nadie), dejan de manifestarlo visiblemente:
"Por eso yo, prisionero en el Señor, os exhorto a que andéis como es digno del llamamiento con que fuisteis llamados: con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos los unos a los otros en amor; procurando con diligencia guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como habéis sido llamados a una sola esperanza de vuestro llamamiento. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, quien es sobre todos, a través de todos y en todos" (Efesios 4:1-6).
La senda para regresar a la norma bíblica es salir de las divisiones y volver a establecerse sobre la base bíblica de la unidad: el Cuerpo de Cristo en la localidad. Los que quieren obedecer al Señor no participarán en las divisiones, pero sabrán que los que participan en ellas son hermanos y miembros de la misma y única Iglesia local. Se reunirán sobre el terreno de la localidad, por eso no se considerarán 'otra iglesia' en la ciudad, sino 'una parte de la única iglesia de la ciudad'. Y clamarán a Dios para que con su poder restaure su iglesia local dividida y les reúna a todos en torno al único Nombre del Señor Jesús sobre la base bíblica de la unidad.
El liderazgo y gobierno en la Iglesias locales
"Entonces Jesús los llamó y les dijo: —Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos. Entre vosotros no será así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que anhele ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo. De la misma manera, el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20:25-28).
Hay liderazgo en la Iglesia, pero algunos han entendido mal este texto, y llaman 'servicio' al hecho de enseñorearse. No es que cuando uno se hace grande entonces es un servidor, sin que es cuando uno sirve a los demás como un esclavo cuando se hace grande. Olvidémonos de las formas de liderazgo que conocemos en el mundo, Jesús hablaba de otra cosa:
"Pero vosotros, no seáis llamados Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie vuestro Padre en la tierra, porque vuestro Padre que está en los cielos es uno solo. Ni os llaméis Guía, porque vuestro Guía es uno solo, el Cristo. Pero el que es mayor entre vosotros será vuestro siervo" (Mateo 23:8-11).
La Iglesia sólo tiene una Cabeza, Jesucristo, el cual ejerce su soberanía sobre la Iglesia DIRECTAMENTE, POR MEDIO DEL ESPÍRITU (porque el Padre, el Hijo y el Espíritu son inseparablemente el mismo y único Dios). Si hay un liderazgo legítimo en la Iglesia, este no puede oscurecer de ningún modo el reinado directo de Cristo sobre su Iglesia, sino que debe reconocer, representar, expresar que es Él la única Autoridad que gobierna, controla, dirige, decide, guía, enseña... Cualquier otra 'cabeza' que se levante en medio de la Iglesia está usurpando el reinado directo de Cristo sobre su Iglesia.
Esto conduce a la sumisión mutua en el Cuerpo, expresando el tipo de relaciones que se dan al interior de la Comunidad Divina: "sometiéndoos unos a otros en el temor de Cristo" (Efesios 5:21):
"Asimismo vosotros, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y revestíos todos de humildad unos para con otros, porque: 'Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes'" (1Pedro 5:5).
"...completad mi gozo a fin de que penséis de la misma manera, teniendo el mismo amor, unánimes, pensando en una misma cosa. No hagáis nada por rivalidad ni por vanagloria, sino estimad humildemente a los demás como superiores a vosotros mismos; no considerando cada cual solamente los intereses propios, sino considerando cada uno también los intereses de los demás. Haya en vosotros esta manera de pensar que hubo también en Cristo Jesús: Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!" (Filipenses 2:2-8).
Si el Hijo de Dios se despojó de su rango, se humilló tomando forma de esclavo, debe haber la misma forma de pensar en las iglesias respecto del liderazgo cristiano.
Así, pues, Cristo, por el Espíritu, establece "autoridades delegadas" en Sus iglesias, pero entendida y ejercida tal autoridad delegada dentro de estos límites marcados por Jesús. Si hay alguien en la Iglesia con autoridad no es porque él la reivindica, sino porque en sujeción a la única Cabeza, expresa Su Autoridad, y la asamblea puede reconocer en ese miembro la Autoridad misma de Cristo. Es un asunto de vida espiritual, de madurez espiritual.
Sobre estas bases firmes, podemos aproximarnos ahora al modelo neotestamentario de liderazgo. El cual es de una riqueza, diversidad y pluralidad asombrosas. Algunos de los términos que usa el Nuevo Testamento son bien conocidos, pero los conocemos con su contenido alterado. Por ejemplo, el Nuevo Testamento habla de 'diáconos', 'presbíteros' y 'obispos', pero con un significado diferente al concepto desarrollado por el Catolicismo, la Iglesia Ortodoxa, los anglicanos u otras denominaciones cristianas.
El primer término que aparece en el Nuevo Testamento es el de 'obrero', los obreros que trabajan en la viña del Señor. Pues atención: todo creyente, hombre o mujer, está llamado a ser un obrero que trabaja en la edificación del Cuerpo de Cristo. Cristo no quiere a nadie ocioso en su Cuerpo.
Para que todos lleguen a ser obreros responsables y activos, el Señor da a la Iglesia ciertos dones especiales, los cuales son personas, capacitadas por Dios para capacitar al resto, de modo que todos lleguen a ser capaces de trabajar en La Obra, El Ministerio (es decir: el Servicio), que es la edificación del Cuerpo de Cristo:
"Y él mismo (Cristo ascendido) constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos alcancemos la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta ser un hombre de plena madurez, hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. Esto, para que ya no seamos niños, sacudidos a la deriva y llevados a dondequiera por todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar, emplean con astucia las artimañas del error; sino que, siguiendo la verdad con amor, crezcamos en todo hacia aquel que es la cabeza: Cristo. De parte de él todo el cuerpo, bien concertado y entrelazado por la cohesión que aportan todas las coyunturas, recibe su crecimiento de acuerdo con la actividad proporcionada a cada uno de los miembros, para ir edificándose en amor" (Efesios 4:11-16).
Apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros son dones de Cristo a su Iglesia para capacitar a todos los santos, a todos los creyentes, a fin de que todos ejerzan sus responsabilidades en la edificación del Cuerpo de Cristo, de la Iglesia, porque todo cristiano es un obrero en la Obra de la edificación de la Casa de Dios.
Aquí estos 'apóstoles' no se refiere a "los Doce". Los Doce tuvieron un carácter único, irrepetible, de fundamento, como testigos oculares de la vida, muerte y resurrección de Jesús; pero la Escritura habla de otros 'apóstoles' posteriores, como servidores para la edificación del Cuerpo. Son un grupo de personas apartadas especialmente para la Obra de Dios. 'Apóstol' significa 'enviado'. Ahora es el Espíritu Santo el que los nombra, constituye y envía, como ocurrió con Pablo y Bernabé (Hechos 13:2; 14:4), Andrónico y Junias (Romanos 16:7); estudiando el contexto podemos ver que también se considera apóstoles a Apolos y Sóstenes (1Corintios 4:9), y a Silvano y Timoteo (1Tesalonicenses 2:6)... Estos recibieron un encargo especial del Señor y fueron 'enviados' para predicar el Evangelio y establecer Iglesias, colocando sus fundamentos; son 'plantadores de Iglesias'. Hoy se suele decir "misioneros" (enviados con una misión), pioneros en llevar el Evangelio a un lugar y establecer la Iglesia allí. También tienen la misión de administrar los misterios de Dios (1Cor 4:1) y perfeccionar a las iglesias. Su campo de acción suele ser una región, siendo lo normal que haya un equipo de obreros apostólicos.
Los profetas, en el Antiguo Testamento, tenían como principal misión hablar al pueblo en nombre de Dios; hacer volver al pueblo extraviado a las sendas antiguas, al buen camino; consolarlo y darle esperanza en las horas difíciles; predecir el futuro para advertir, esperanzar o preparar al Pueblo de Dios. Este servicio es el que desempeñan también los profetas del Nuevo Testamento. Su campo de acción puede ser local, pero en algunos casos su misterio puede alcanzar al mundo entero.
Los evangelistas son enviados especialmente a predicar el Evangelio entre los no creyentes, para traerlos a la fe. También pueden limitarse al ámbito local o extenderse más allá.
Los pastores/maestros tienen un encargo especial por el cuidado de los demás, por enseñar los misterios y riquezas de la Palabra de Dios, nutrir, acompañar hacia la madurez...
Pero centrándonos específicamente en el interior de cada iglesia local, hemos de considerar dos figuras principales: los ancianos y los diáconos.
"A los ancianos entre vosotros les exhorto, yo anciano también con ellos (2), testigo de los sufrimientos de Cristo y también participante de la gloria que ha de ser revelada: Apacentad el rebaño de Dios que está a vuestro cargo, cuidándolo no por la fuerza, sino de buena voluntad según Dios; no por ganancias deshonestas, sino de corazón; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cargo, sino como ejemplos para el rebaño. Y al aparecer el Príncipe de los pastores, recibiréis la inmarchitable corona de gloria. Asimismo vosotros, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y revestíos todos de humildad unos para con otros, porque: Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes" (1Pedro 5,1-5).
'Pastores', 'obispos' (palabra griega que significa ‘sobreveedores’ o ‘supervisores’), y ancianos (en griego: ‘presbíteros’) son tres términos seculares que usa el Nuevo Testamento para referirse al liderazgo en las iglesias locales. Los tres se refieren a las mismas personas. En cada iglesia local recae una responsabilidad especial sobre los ancianos, que son miembros 'autóctonos' de la iglesia local (no importados para una temporada). Son simples hermanos, reconocidos por el resto de la asamblea y también por el apóstol (o apóstoles) que fundó esa iglesia local (Tito 1:5), por su mayor madurez espiritual, los cuales reciben del Señor el encargo de 'pastorear' la Iglesia, por eso se les llama también 'pastores'. Ellos son responsables por enseñar, instruir, corregir, proteger, cuidar, nutrir, a la asamblea local. Su función especial es vigilar, 'supervisar' (en griego: 'episcopeo') la vida de la iglesia local, por eso también se les llama 'obispos'. Siempre es una responsabilidad compartida, un equipo de ancianos/pastores/obispos, un 'presbiterio' por cada iglesia local.
En el libro de Hechos de los Apóstoles podemos ver sintetizado esto que hemos dicho: que ancianos, pastores y obispos es lo mismo, siempre en plural, para cada localidad y sus responsabilidades:
"17 Desde Mileto, Pablo envió a Efeso e hizo llamar a los ancianos de la iglesia (...) 28 Tened cuidado por vosotros mismos y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo os ha puesto como obispos, para pastorear la iglesia del Señor, la cual adquirió para sí mediante su propia sangre" (Hechos 20:17.28-29).
Es el Espíritu Santo quien los pone. La Iglesia local y el apóstol sólo los reconoce y confirma. Jamás se habla de un obispo, pastor o anciano 'único', siempre es un equipo en cada iglesia local. El paulatino abandono de este principio fue dando lugar a la estructura jerárquica y papal que conocemos hoy en el Catolicismo (ver apéndice I).
También existen en cada iglesia local 'los diáconos'. 'Diakonía' no significa otra cosa que 'servicio'. Todos deben servir, pero algunos son apartados especialmente para la administración de las asuntos de la Iglesia (economía, por ejemplo), y para el servicio de los pobres. En la recién nacida Iglesia de Jerusalén, la Iglesia proveía para las necesidades de sus viudas (y hermanos necesitados), que no tenían quien las cuidara, para lo cual fueron nombrados siete diáconos (Hechos 6:1-7). También el Espíritu Santo nos ha dejado el nombre de alguna diaconisa insigne, como “Febe, diaconisa de la iglesia en Cencrea” (Romanos 16:1).
Así pues, la Iglesia local está constituida por la asamblea de los santos, entre los cuales (no sobre los cuales) sirven los obispos y los diáconos:
"Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús; a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos" (Filipenses 1:1)
De modo que, la asamblea de todos los santos, servidos, cuidados, nutridos, instruidos, y capacitados por los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, ancianos, diáconos, “asidos a la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo, bien unido y entrelazado por todas las coyunturas del rico suministro y por la función de cada miembro en su medida, produce el crecimiento del Cuerpo para la edificación de sí mismo en amor” (Efesios 4:15-16).
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Esto, pues, está llamada a ser la Asamblea de Cristo: la embajada de Dios en la tierra, su base de operaciones, el territorio donde Él gobierna en Cristo, en el que rigen sus leyes, y su voluntad es obedecida aquí en la Tierra como en el cielo. Ella es las primicias del Mundo Venidero (Santiago 1:18), el lugar donde se gustan los poderes de ese Mundo Venidero (Hebreos 6:5). Está llamada a ser el lugar donde todas las naciones podrán contemplar y aprender qué ocurre cuando Dios reina por medio de su Cristo: florece la vida, la justicia, la fraternidad, el gozo y la paz. Porque sólo donde Dios reina por medio de su Cristo desaparecen la injusticia, las desigualdades, los pobres... Por eso es inútil esperar los valores del Reinado de Dios de una manera integral, consistente y duradera fuera del ámbito donde Él reina. Los pobres y las víctimas deben también creer, arrepentirse de sus pecados, nacer de nuevo, y someterse bajo el Reinado de Dios, el Gobierno de Cristo, si quieren encontrar liberación radical e integral. No es que la Iglesia pretenda condicionar su ayuda a que las personas reconozcan a Jesús el Cristo, a la manera de 'hazte cristiano y entra en nuestro chiringuito eclesiástico si quieres recibir nuestra ayuda'; no, los cristianos estamos llamados a hacer el bien a todos gratuitamente. La cuestión ineludible es que donde no se acepta a Cristo este no puede obrar su liberación plena. No se pueden disfrutar los beneficios que resultan del gobierno de Cristo allá donde no se recibe a Cristo como Salvador, Rey y Señor; donde no se le permite gobernar.
Esta es la Iglesia que brilla cual luminar en medio de las tinieblas del mundo, poniendo de manifiesto la verdad del mundo. Es como sal, que preserva al mundo de su total corrupción. Por eso recibe los ataques de todos los enemigos de Dios, que incitan al hombre a pecar, a rebelarse contra Dios, camino de su autodestrucción: la vieja naturaleza corrompida, el espíritu del mundo, Satanás y todos los poderes espirituales de maldad que dominan todavía la tierra. La Iglesia en esta lucha sólo tiene que mantenerse en la victoria alcanzada ya por Cristo en la cruz, es lo único que Dios ha querido necesitar para actuar en el mundo. Cristo ya ha destruido estos poderes en su raíz (Colosenses 2:14-15), y su fin está garantizado. La Iglesia debe mantener puro su testimonio, su posición, sin permitir que el enemigo se infiltre: Mammón y sus espíritus de codicia; espíritus de dominación; espíritus de lujuria, fornicación y adulterio; espíritus de engaño y apostasía... La iglesia, aunque está en el mundo, no debe contaminarse con el espíritu del mundo (2Corintios 6:14 – 7:1), debe mantenerse firme en la fe que vence al mundo (1Juan 5:4-5).
En este conflicto con los poderes que dominan el mundo, el Cuerpo no va a tener un destino diferente de su Cabeza: la persecución y la muerte (Mateo 5: 10-12; Marcos 13:9-13; 2Timoteo 3:12). Pero del mismo modo que el sufrimiento de la Cabeza ha sido usado por Dios para traer vida al mundo, lo mismo ocurre con el sufrimiento del Cuerpo (Isaías 53:1-12; 2Corintios 4:8-12). De modo que su resistencia hasta la muerte será su victoria. Los cristianos no aman tanto su vida terrenal como para temer la muerte (Apocalipsis 12:11), saben que los que pierdan su vida por causa de Cristo y el Evangelio, la ganarán para siempre (Mateo 10:39; Juan 12:25).
Los cristianos hacen el bien a todos en lo que pueden, ya sea en su conducta privada o profesional. Oran por los gobernantes (1Timoteo 2:1-2) y respetan y acatan las leyes (Romanos 13:1-7), siempre y cuando no entren en conflicto con su obediencia y lealtad absoluta a Dios (Hechos 5:29). Cooperan en la medida de lo posible al bienestar de todos, pero no esperan que mejore o se reforme el Sistema de este mundo, el orden de cosas mundano, por naturaleza contrario y hostil a Dios; no se comprometen con él en ningún modo, ni caen en la trampa de que el elevado fin que persiguen justifique usar cualquier medio; sobre todo rechazan tocar su poder, siguiendo el ejemplo de Cristo (Juan 6:9-15). Su misión es ser testigos, testigos de Cristo (Hechos 1:7-8), testigos del Mundo venidero, con obras y palabras, con su vida individual y como comunidad de discípulos.
Aunque están en el mundo, y necesitan usar de él sobriamente mientras dure su peregrinación (1Corintios 7:29-31), no son de este mundo (Juan 15:19), están muertos para el mundo (Gálatas 6:14), su vida está con Cristo escondida en Dios (Colosenses 3:3). Su destino no es este mundo tal como ahora está, son peregrinos y extranjeros en este mundo (Hebreos 11:13), no tienen aquí morada permanente, buscan la civilización que está por venir (Hebreos 13:14), la que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10). Y esperan la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito 2:13), el cual pondrá fin definitivamente a los grandes problemas de la humanidad, y establecerá su Reino eterno, en el cual reinarán con Cristo todos los santos que hayan sido fieles.
No obstante, alguien podrá decir al oír todo esto: pero ¡¿dónde está esta Iglesia?! Ciertamente, ¿es esto lo que vemos cuando miramos la Cristiandad actual?
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1 Basada en la interpretación del monje benedictino Pascasio Radberto en el s. IX.
2 Pedro era apóstol del grupo de los Doce, pero también era 'anciano', junto con otros, en la Iglesia local de Jerusalén.
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