9. LA SALVACIÓN DE NUESTRO ESPÍRITU
1ª ETAPA DE LA SALVACIÓN:
LA SALVACIÓN DE NUESTRO ESPÍRITU
Recapitulemos todo lo que ocurre en esta primera etapa en todo aquel que recibe el Evangelio, en todo aquel que cree todas las Buenas Noticias que Dios ha mandado proclamar a todos los hombres, y que básicamente es esto: por medio de la fe, todo lo que Cristo logró, se hace efectivo para el creyente:
La redención. Significa liberación mediante el pago de un rescate. Con la Caída Dios perdió al Hombre, que quedó “esclavo” bajo el poder del Pecado, de Satanás y de la Muerte; también bajo la sentencia de la Ley de Dios. Liberarnos de esa situación le constó a Cristo su propia vida. Su sangre es el precio de nuestra libertad:
“Porque el Hijo del Hombre tampoco vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45).
"Tened presente que habéis sido rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual heredasteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación" (1ª carta de Pedro 1:18-19).
“Ellos entonaban un cántico nuevo, diciendo: "¡Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos! Porque tú fuiste inmolado y con tu sangre has redimido para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Apocalipsis 5:9).
El perdón de los pecados. El que cree el Evangelio recibe la primera y básica bendición:
"Todos los profetas dan testimonio de él (Jesús), y de que todo aquel que cree en él recibirá perdón de pecados por su nombre" (Hechos de los Apóstoles 10:43).
La fe en la sangre de Jesús quita la lista de delitos que nos pone bajo el juicio de Dios, que nos separa de Dios y nos condena a la perdición eterna en el infierno. Nos libra de la ira y el juicio venideros que merecen nuestros pecados.
Tal fe, si es genuina, se manifiesta en arrepentimiento sincero y la confesión de nuestros pecados a Dios, incluyendo la restitución del daño que hayamos hecho a otros en la medida que sea posible.
La justificación delante de Dios. Nuestros pecados son injusticias, transgresiones de la Ley de Dios, y nos convierten en personas injustas, culpables, delante de Dios, incapaces además de cumplir la Ley de Dios por la debilidad de nuestra naturaleza pecaminosa. Pues bien, Dios ha revelado que cuando ponemos nuestra fe en Jesús, y en que en la cruz Él ya pagó el justo castigo por nuestros injusticias derramando su sangre, somos limpiados y declarados justos delante de Dios:
"Pues nadie llegará jamás a ser justo ante Dios por hacer lo que la ley manda. La ley sencillamente nos muestra lo pecadores que somos. Pero ahora, tal como se prometió tiempo atrás en los escritos de Moisés y de los profetas, Dios nos ha mostrado cómo podemos ser justos ante él sin cumplir con las exigencias de la ley. Dios nos hace justos a sus ojos cuando ponemos nuestra fe en Jesucristo. Y eso es verdad para todo el que cree, sea quien fuere. Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Dios le ha presentado públicamente a él como sacrificio de expiación por medio de la fe en su sangre..." (Carta a los romanos 3:20-25.- Nueva Traducción Viviente)
¡Gratuitamente! ¡Un regalo! No es por algún mérito u obra que tú hagas:
"... siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Romanos 3:24).
"Ahora bien, al que obra no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia" (Romanos 4:4-5).
"En cuanto a vosotros, estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, conforme a la corriente de este mundo y al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los hijos de desobediencia. En otro tiempo todos nosotros vivimos entre ellos en las pasiones de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de la mente; y por naturaleza éramos hijos de ira, como los demás. Pero Dios, quien es rico en misericordia, a causa de su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en delitos, nos dio vida juntamente con Cristo. ¡Por gracia sois salvos! Y juntamente con Cristo Jesús, nos resucitó y nos hizo sentar en los lugares celestiales, para mostrar en las edades venideras las superabundantes riquezas de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No es por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para hacer las buenas obras que Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Efesios 2:1-10).
No somos salvos "por" obras, sino por gracia (don, regalo), por medio de la fe; pero sí somos salvos "para" las obras que Dios ha preparado para que realicemos. Las obras son fruto de haber recibido la salvación por medio de la fe. Las obras demuestran que nuestra fe es auténtica, pero no sirven para salvarse. Dios sólo salva y declara justo a quien pone su fe en su Hijo Jesús.
La reconciliación y la paz con Dios, y la liberación de la ira venidera. Una vez quitado el problema de nuestros pecados y nuestras injusticias, somos reconciliados con Dios. Toda deuda nuestra para satisfacer la justicia de Dios está pagada por Cristo, estamos en paz con Él y con nuestra conciencia, y ya no seremos objeto de la ira venidera que Él derramará sobre los pecadores, porque su Justicia no dejará el pecado impune:
"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Luego, siendo ya justificados por su sangre, cuánto más por medio de él seremos salvos de la ira. Porque si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, cuánto más, ya reconciliados, seremos salvos por su vida" (Romanos 5:1-10).
La liberación del poder del Pecado. Porque en la cruz Dios no puso sobre Cristo sólo nuestros pecados, sino ¡a nosotros mismos! Dios nos puso a todos en Él y nos crucificó con Él, nuestro viejo hombre, nuestra vieja naturaleza corrupta, fue crucificada con Él, para que el creyente no sea más esclavo de ella:
"... Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos todavía en él? ¿Ignoráis que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Pues, por el bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque así como hemos sido injertados juntamente con él en la semejanza de su muerte, también lo seremos en la semejanza de su resurrección. Y sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto ha sido justificado del pecado. Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, para el pecado murió una vez por todas; pero en cuanto vive, vive para Dios. Así también vosotros, considerad que estáis muertos para el pecado, pero que estáis vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus malos deseos. Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado, como instrumentos de injusticia; sino más bien presentaos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia" (Romanos 6:2-12).
La fe en esta realidad espiritual, y actuar en consecuencia, es el secreto de una vida victoriosa sobre el pecado.
La liberación de la jurisdicción y la maldición de la Ley de Moisés, que condena a muerte a todo aquel que no cumpla todo lo que en ella está escrito:
"Porque todos los que se basan en las obras de la ley están bajo maldición, pues está escrito: Maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la Ley para cumplirlas" (Gal 3:10).
Dios entregó la Torah (Ley o Instrucción) a Israel, por medio de Moisés, para mostrar que el ser humano está tan dañado por el pecado que es incapaz de obedecer a la justicia de Dios. La Ley fue dada para mostrarnos cuán pecadores somos, y llevarnos a Cristo, nuestro único Salvador; fue dada para llevarnos a la justicia que es por la fe:
"...como está escrito: No hay justo ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (...) "Pues nadie llegará jamás a ser justo ante Dios por hacer lo que la ley manda. La ley sencillamente nos muestra lo pecadores que somos. Pero ahora, tal como se prometió tiempo atrás en los escritos de Moisés y de los profetas, Dios nos ha mostrado cómo podemos ser justos ante él sin cumplir con las exigencias de la ley. Dios nos hace justos a sus ojos cuando ponemos nuestra fe en Jesucristo. Y eso es verdad para todo el que cree, sea quien fuere. Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. Dios le ha presentado públicamente a él como sacrificio de expiación por medio de la fe en su sangre..." (Carta a los romanos 3:10-12. 20-25 - Nueva Traducción Viviente).
Una vez que una persona ha confiado en Cristo para su salvación, su justicia ya no depende de guardar la Ley de Moisés, ni total ni parcialmente. La Ley de Moisés no es
1) ni el fundamento para la justificación del pecador,
2) ni la regla de vida para el cristiano.
El cristiano ya no está bajo el régimen de la Ley sino bajo el régimen de la gracia, bajo la Ley de Cristo, siendo guiado por Su Espíritu, que no sólo conduce al cristiano conforme a los mandamientos de Cristo, sino que le da el poder para obedecer a Cristo y vencer al pecado:
"...vosotros también habéis muerto a la ley por medio del cuerpo de Cristo, para ser unidos con otro, el mismo que resucitó de entre los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras vivíamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por medio de la ley actuaban en nuestros miembros, a fin de llevar fruto para muerte. Pero ahora, habiendo muerto a lo que nos tenía sujetos, hemos sido liberados de la ley, para que sirvamos en lo nuevo del Espíritu y no en lo antiguo de la letra" (Carta a los romanos 7:4-6).
"Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros, ya que no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia" (Romanos 6:1:14).
"Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley (...) Ahora que vivimos en el Espíritu, conduzcámonos según las normas del Espíritu (lit. griego)" (Gálatas 5:18.25).
Estar "bajo la ley" y estar "en la gracia" son dos situaciones incompatibles que no se pueden mezclar:
a) respecto de los de la ley les dice:
"Porque todos los de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: 'Maldito todo aquel que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas' (...) y la ley no es de fe, sino que dice: 'El que hace estas cosas vivirá por ellas'" (Gal 3:10-12).
b) de los de la fe dice:
"Desde luego, es evidente que por la ley nadie es justificado delante de Dios, porque 'el justo vivirá por la fe'" (Gal 3:11). No sólo "será justificado por la fe" sino "vivirá, andará, por la fe".
Traslado del reino de Satanás al Reino de Jesucristo. Por el pecado de Adán todos hemos venido a estar bajo el poder de Satanás y su reino. Pero Dios, por medio de su muerte conjunta con Cristo, también libra al creyente de eso:
"El nos ha librado de la autoridad de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado" (Carta a los colosenses 1:13)
Eso no quiere decir que se acaban todos los problemas del creyente con Satanás y sus huestes, pero cambia completamente su posición: ya no pertenece a su reino ni está bajo su autoridad, ahora es de Cristo y pertenece a Su Reino.
"...El mundo entero está bajo el maligno", pero el redimido ya no pertenece a ese sistema mundano satánico, aunque todavía vive en medio de él:
"Pero lejos esté de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien el mundo me ha sido crucificado a mí y yo al mundo" (Carta a los gálatas 6:14).
"Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. Pero ya no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo; por eso el mundo os aborrece" (Evangelio según Juan 15:18-19).
El don del Espíritu Santo. Es la segunda bendición básica y principal, que trae todas las cosas positivas.
"Pedro les dijo: 'Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para (1) perdón de vuestros pecados, y (2) recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros, para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para todos cuantos el Señor nuestro Dios llame'" (Hechos de los Apóstoles 2:38-39).
Cuando creemos en el Señor Jesús nos hacemos uno con Él en nuestro espíritu. Nuestro espíritu humano queda unido a su Espíritu que mora en nosotros: “Pero el que se une con el Señor, un espíritu es (con él)” (1Cor 6:17).
Con la etapa inicial de la salvación, pues, el Espíritu trae a nuestro espíritu al Señor Jesús con todas las bendiciones de Dios en Cristo. Es en nuestro espíritu que ya estamos resucitados, ascendidos y glorificados en los lugares celestiales en Cristo (Ef 2:5-6; Rm 8:30).
El Espíritu Santo de Dios y de Jesucristo es derramado en sus dos aspectos:
1. "en" el creyente para habitar para siempre en su espíritu. El Espíritu trae también la presencia de Cristo, que está sentado en el Trono en los cielos, a morar en el creyente. El Espíritu trae también todo lo que Cristo es y ha logrado para aplicarlo a la vida del creyente. Por medio del Espíritu, Cristo vive su vida perfecta y victoriosa en el creyente y le guía;
2. "sobre" el creyente para fortalecerlo con poder para servir a Cristo y dar testimonio de Él incluso hasta la muerte, si es necesario; también para capacitarlo con sus dones sobrenaturales con los cuales servir a Cristo y a la edificación de Su Cuerpo, que es la Iglesia.
La regeneración o nuevo nacimiento. El Espíritu Santo viene a habitar en el espíritu del creyente, que en ese momento es re-generado, lo que Jesús llamaba "nacer de nuevo/de lo Alto":
"Respondió Jesús y le dijo: —De cierto, de cierto te digo que a menos que uno nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: —¿Cómo puede nacer un hombre si ya es viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Respondió Jesús: —De cierto, de cierto te digo que a menos que uno nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que ha nacido de la carne, carne es; y lo que ha nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: "Os es necesario nacer de nuevo." El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que ha nacido del Espíritu" (Evangelio según Juan 3:3-8).
"En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios, los cuales nacieron no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios" (Juan 1:10-13).
Ya vimos que como hijos de Adán heredamos una naturaleza envenenada por el poder del Pecado. La existencia que nos viene dada por nuestro nacimiento natural no es apta para el Reino de Dios. El que no nace “de arriba” por medio del agua y del Espíritu, no puede ver el Reino ni entrar en él. El Reino de Dios es de tal naturaleza que aquellos que deseen entrar necesitan una naturaleza similar, correspondiente, que armonice. El Reino de Dios pertenece al ámbito del Espíritu, y para acceder a él es necesaria una naturaleza "espiritual".
"Lo que nace de la carne, carne es", y siempre lo será. El burro nace burro, con una naturaleza de burro, que le impulsa naturalmente a actuar como un burro. Un burro no puede actuar como un león, porque no tiene la naturaleza de un león. El burro no puede rugir como un león, correr como un león, comer como un león... por más que lo intente. Sólo si naciera como león podría vivir como león. Del mismo modo, ningún "nacido de la carne" puede ser ciudadano del Reino de Dios ni vivir la vida del Reino, a menos que nazca del agua y del Espíritu de Dios (la 3ª enseñanza elemental de Cristo: "doctrina de bautismos").
Sin una nueva naturaleza, la vida del Reino le resultará sencillamente imposible; aún más: ¡aplastante! No podrá vivir, por ejemplo, la pureza sexual del Reino (Mateo 5:27-30), ni la indisolubilidad del matrimonio según el Reino (5:31-32; 19:1-9), ni la no violencia y amor a los enemigos propias del Reino (5:38-48), ni perdonar 'setenta veces siete', es decir, siempre (18:21-22), ni la confianza en Dios respecto a las necesidades básicas (6:24-34), ni seguir al Rey Jesús aún renunciando al propio yo (10 34,39), ni la persecución por causa de seguirle (5:10-12)...
El Reino es una nueva forma de vida que requiere un nuevo principio de vida. El nuevo nacimiento consiste así en que un ser humano recibe por medio del bautismo en agua y en el Espíritu un nuevo principio vital, una nueva naturaleza: la naturaleza divina, y un nuevo tipo de vida: la Vida divina.
"Su divino poder (de Dios) nos ha concedido todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad por medio del conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y excelencia. Mediante ellas nos han sido dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas seáis hechos participantes de la naturaleza divina, después de haber huido de la corrupción que hay en el mundo debido a las bajas pasiones" (2ª carta de Pedro 1:3-4).
Hay atributos esenciales de Dios que son exclusivos de Él y que no comunica a sus criaturas: su Deidad, su Omnipotencia, su Omnisciencia, su Omnipresencia... Pero hay otros atributos que constituyen su Naturaleza, su Carácter, de los cuales Él desea que participemos: su amor, su justicia, su santidad, su pureza, su bondad, su misericordia, su fidelidad... Por el nuevo nacimiento también participamos de su Vida divina, eterna:
"Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna" (Evangelio según Juan 3:14-16).
"De cierto, de cierto os digo que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna. El tal no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida" (5:24)
Es necesario recibir la Vida Divina en nosotros por el nuevo nacimiento para poder "ver" el Reino de Dios que está amaneciendo, y para poder entrar en él, y poder vivir el tipo de existencia que le es propio.
La filiación divina y la herencia. La salvación que recibimos por medio de la fe nos hace nacer verdaderamente de Dios, con la naturaleza y la Vida de Dios. Al introducirnos en Cristo, el Hijo, somos hechos hijos de Dios, miembros de su Familia, y por tanto, co-herederos con Cristo de todas las cosas, del mundo, de todas las riquezas de gloria:
"En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por medio de él, pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron. Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios, los cuales nacieron no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino de Dios" (Juan 1:10-13).
"Con gozo damos gracias al Padre que os hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz" (Carta a los colosenses 1:12).
"El Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados" (Romanos 8:16-17).
Hay una parte de la herencia, la que se recibe en el reino milenial, que sólo disfrutaremos si somos fieles seguidores de Cristo soportando incluso padecer por su causa.
El sello y las arras del Espíritu. Porque no sólo somos hechos co-herederos de Dios, sino herencia misma de Dios:
"En El (Cristo) asimismo fuimos designados como herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de Su gloria, nosotros (los judíos) los que primeramente esperábamos en Cristo. En El también vosotros (los gentiles), habiendo oído la palabra de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y en El habiendo creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia, hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de Su gloria" (Carta a los efesios 1:11-14).
Por un lado, los creyentes llegamos a ser la herencia de Dios para su disfrute. Cuando somos salvos, Dios puso en nosotros Su Espíritu Santo como sello para marcarnos e indicar que le pertenecemos.
Por otro lado, heredamos a Dios como nuestra herencia para nuestro disfrute. El Espíritu Santo es las arras, es decir, el anticipo, la garantía, de nuestra herencia plena. Él no sólo asegura nuestra herencia, sino que como anticipo nos permite gustar de antemano la herencia que recibiremos completa en el futuro; es una prueba de lo que vamos a heredar de Dios en plenitud:
"...los que fueron una vez iluminados, que gustaron del don celestial, que llegaron a ser participantes del Espíritu Santo, que también probaron la buena palabra de Dios y los poderes del mundo venidero..." (Carta a los hebreos 6:4-5).
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Este es un breve resumen de las ricas y abundantes bendiciones espirituales que recibimos en Cristo Jesús cuando somos salvos por medio de la fe.
Pero esto es sólo el principio del Camino del Señor, que se extiende hasta la eternidad:
"Pero la senda de los justos es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que es pleno día" (Proverbios 4:18).
La salvación de nuestro espíritu ocurre en un momento, y es definitiva e irreversible, no se puede perder.
Todos los dones recibidos en esta etapa de la salvación son para siempre y no se pueden perder:
“Porque irrevocables son los dones de gracia y el llamamiento de Dios” (Rm 11:29);
“...estando convencido de esto: que el que en vosotros comenzó la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Flp 1:5-6).
“Además, él os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por medio de quien fuisteis llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor” (1Cor 1:8-9).
“Y ésta es la voluntad del que me envió: que yo no pierda nada de todo lo que me ha dado, sino que lo resucite en el día final. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo aquel que mira al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el día final" (Jn 6:39-40).
“Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las ha dado, es mayor que todos; y nadie las puede arrebatar de las manos del Padre” (Jn 10:28-29).
“Así que no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que se pierda ni uno de estos pequeños” (Mt 18:14).
Cuando Dios, en Cristo, escoge a alguien, y lo predestina, y lo llama, y lo redime, y lo justifica, y le da su Espíritu, y lo adopta como hijo, y lo incorpora a Cristo, ¡lo hace para siempre! Dios no se equivoca, ni falla, ni se vuelve atrás. Incluso en el plano natural ¿puede acaso alguien dejar de ser hijo de su padre? Sobre este hecho se asienta ‘la seguridad de la salvación’ que trae la paz verdadera y el gozo permanente al creyente para afrontar su carrera cristiana…
En cambio, la salvación de nuestra alma es un proceso, en el que se requiere nuestra cooperación activa y perseverante, y nuestra negligencia e infidelidad sí puede acarrear pérdida para nuestra alma...
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